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Lecciones de un terremoto
Por: Sergio Alejandro Gómez
Pasaban las siete de la mañana. Mientras me servía el primer café con leche del día, un chillido agudo rompió la rutina: el celular anunciaba un sismo de 5.6 grados en una zona del occidente colombiano. Lo tomé con una calma pasmosa, en parte porque en épocas del fenómeno de la niña y los fuertes vientos en Cataluña me había acostumbrado a este tipo de alarmas que te piden ponerte a salvo aún sin que pasara una catástrofe natural.
Con cierta fe ciega a Google y subestimación de que el sismo no sería tan fuerte, di un sorbo rápido al café, me puse los zapatos, agarré las llaves y el celular, en el que seguía parpadeando la pantalla de alarma, y bajé las escaleras con cierta prisa para recorrer los seis pisos que me separaban de la tierra firme. Ese fue mi primer error, pues en medio de un sismo, estando en un piso alto, lo aconsejable es agacharse en posición fetal debajo de una mesa, escritorio o estructura firme.
Al llegar al cuarto piso, comenzó el mareo. Fue un vértigo sutil al que le presté menos atención que a la escena protagonizada por mis vecinos del 403: salieron despavoridos, en chanclas y pijama, llevando a su perro color caramelo en brazos. El animal, con cara de no entender nada, parecía ser el único que mantenía la calma frente al aullido de las sirenas a lo lejos. Terminamos de bajar juntos y, una vez los cuatro llegamos a “tierra firme”, vimos cómo se movían los techos y bailaban los cables de la luz. La zozobra comenzó a notarse entre la gente; algunos cerraban los ojos en actitud de oración, mientras que muchos otros, por la misma incertidumbre, permanecieron inmóviles justo al lado de las puertas de acceso y las fachadas, ignorando que tenían todo el parqueadero y las zonas verdes a su disposición. Fue el segundo error de esa mañana. Aunque por lo menos esta vez no fue de mi parte.
Cuando intenté comunicarme con mis familiares, las líneas evidentemente estaban colapsadas. En ese instante me di cuenta del tercer error: nunca habíamos socializado un plan de evacuación en ninguna cena familiar. El famoso «¿qué pasaría si tiembla?» jamás pasó de ser una posibilidad remota. Seguramente será un tema recurrente en discusiones futuras, así como la necesidad de asegurar la casa, crear protocolos más estrictos o preparar un kit de emergencia, ese que idealmente debe llevar agua embotellada, alimentos no perecederos, botiquín de primeros auxilios, linterna, radio a pilas, silbato, efectivo (¿o Nequi?), copias de documentos y artículos de higiene personal.
De repente, la reflexión se vio interrumpida por el barullo post-temblor. Escuché que el epicentro había sido en el Chocó, cerca del Eje Cafetero. Pocos minutos después, en el grupo de WhatsApp de egresados de la Universidad, apareció la captura de pantalla del Servicio Geológico Colombiano que me congeló la sangre: las especificaciones técnicas hablaban de un terremoto de magnitud 7.4, a 20 kilómetros de San José del Palmar, a una profundidad de 96 kilómetros. La ubicación cercana al eje cafetero y la magnitud me hicieron comprender que lo sucedido era infinitamente más grave de lo que imaginaba.
Instintivamente intenté comunicarme otra vez con mis padres y mi hermano menor, que viven en Pereira a 105 Km epicentro, y con mi abuela, que está en Viterbo (Caldas) a 112 Km por carretera del epicentro, sin recibir respuesta alguna. Subí de nuevo al apartamento, ya no con la anécdota de quien vive un simple temblor, sino con el impacto devastador de un terremoto. Ahí, las redes sociales empezaron a escupir tragedia a cuentagotas en medio de la inmediatez: una torre de la Catedral de Manizales destruida, el video panorámico de una Cali envuelta en polvo con edificaciones afectadas y las primeras casas colapsadas en Pereira.
A los diez minutos, la llamada a Pereira seguía sin entrar. Angustiado, me olvidé por completo del café con leche, que a esas alturas ya estaba helado sobre la mesa, hasta que, escarbando en Instagram, vi aparecer la notificación en WhatsApp de mi padre con un simple «Hola… Estamos bien». Ese mensaje me regresó la tranquilidad al alma. Mi abuela, sin embargo, seguía sin responder. Pensé que en un pueblo la comunicación tardaría más, pero el pánico volvió a llamar a mi puerta cuando vi dos videos de cómo había quedado la casa de mis padres después del sacudón: espejos caídos, una lluvia de libros en el piso, vasos rotos y el cuadro de la Virgen de Guadalupe boca abajo en el suelo. ¿Un mal augurio? La memoria visual del reciente desastre en La Guaira me hizo imaginar un escenario peor, hasta el momento que recibí noticias positivas de mi abuela.
Los vídeos de los noticieros y redes sociales comenzaron a llegar de manera más clara. La dimensión de la tragedia donde el país tiene voces, tiene imágenes y tiene atenciones. Pero la pregunta, más allá de donde estaba San José del Palmar, era en el estado de aquellas zonas rurales y pueblos siempre invisibles para las redes sociales y las instituciones estatales. ¿Si se escuchan sus pedidos de auxilio o simplemente se van a perder en medio de selva, cordillera y carretera de tierra?
Con mi familia a salvo, me puse manos a la obra y me dediqué a replicar información sobre centros de acopio y números de emergencia. Mientras se agotaba la crítica ventana de 72 horas para encontrar sobrevivientes, la atención mediática y la recolección de ayudas se concentraron inicialmente en las capitales departamentales. En un primer momento, cobraron protagonismo los canales institucionales, esos en los que confiamos porque históricamente nos han asistido en cada desastre: la Cruz Roja, la Fundación Solidaridad por Colombia, el Minuto de Dios, el Banco de Alimentos y la Defensa Civil. Sin embargo, las redes sociales se inundaron rápidamente de afiches hechos en Canva solicitando donaciones casi de forma exclusiva para las ciudades principales. Nombres como Condoto, Sipí, Tadó, Nóvita, San Pedro de Ingará, Ansermanuevo, El Cairo, Riosucio, Viterbo, Apía o Santuario no aparecían.
En medio de un mar de noticias y de lugares que necesitan auxilio, lo más sensato es enfocar la atención en uno o dos puntos para canalizar la ayuda de la manera más eficiente posible. Es en estos momentos, cuando la tragedia toca a la puerta y no podemos simplemente quedarnos en casa, que recordamos que somos un Estado-nación y no un mero rejunte de regiones separadas por una geografía altiva. La unidad que a veces solo asoma cuando juega la Selección en un mundial, de repente se vuelve tangible. La solidaridad desborda, no solo a través de donaciones materiales, sino con la organización de eventos, la difusión de información de personas desaparecidas y el trabajo voluntario, indispensable para recibir y organizar ese torrente de ayudas que buscarán llegar a su destino.
Sin embargo, la buena voluntad a veces carece de método. Para este jueves 13 de agosto, al bajar más despacio los seis pisos que me separan de la calle, me encontré con que la administración de mi conjunto residencial estaba recogiendo insumos para los damnificados del terremoto. Las preguntas cayeron por su propio peso: ¿A qué zonas irán? ¿Cómo las van a transportar? ¿Será así en todos los conjuntos residenciales? Más tarde, en un centro comercial, una recolecta más grande se transmitía en vivo por Caracol Televisión, con torres de papel higiénico, galones de aceite y miles de libras de arroz.
Eso nos trae hasta este punto. Tras participar el pasado miércoles como voluntario en la recepción de donaciones en El Campín, la lección es clara. Más allá de la admirable labor de quienes gestionan las ayudas, de los valientes rescatistas, organizadores, de los familiares y de los sobrevivientes, el verdadero desafío es que la solidaridad no sea un impulso de un solo día. La reconstrucción será un proceso a largo plazo, en el que las personas que lo perdieron todo, incluyendo a conocidos de mi propio entorno, necesitarán acompañamiento semanas y meses después de este sacudón. Por eso, al donar, la eficiencia es tan crucial como la empatía: traten de llevar las donaciones ya organizadas y marcadas, verifiquen el lugar de destino de sus aportes y confíen en las organizaciones y empresas consolidadas que sí cuentan con la logística para transportar los suministros por encima de iniciativas locales que no garanticen de forma concretar como van a entregar las ayudas. El compromiso real es que las ayudas sigan llegando y que no abandonemos a los afectados cuando la noticia pase a un segundo plano, manteniéndonos empáticos no solo ante los estragos de esta tragedia, sino ante las tragedias que van a venir más adelante.