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Lo esencial dentro de la ola de calor
Por: Sergio Alejandro Gómez
Los días se vuelven intolerables; las noches, eternas. La vida cotidiana ya no está determinada por las caminatas de las mañanas, las reuniones presenciales o las salidas al aire libre, sino por el estrecho margen de tiempo en que el calor permite salir de casa. Al despertar, la sensación de sofoco convierte en tarea urgente saltar de la cama y tomar una ducha. Con agua fría, casi polar, y el tiempo cronometrado. Basta una sola canción de menos de tres minutos cuarenta segundos, “Work Song” de Hozier, para cumplir al pie de la letra con los racionamientos impuestos tras una sucesión de sequías que, por ejemplo, en 2024 llevaron a Cataluña a restringir el uso del agua al 80 % de su población.
Sin embargo, uno desearía quedarse un álbum musical completo bajo el chorro de agua antes de salir al exterior, donde la humedad y la concentración del calor en Barcelona hacen que el cuerpo vuelva a sudar de inmediato, suplicando por un espacio más fresco. Ya al vestirse, las prendas cortas apenas amortiguan el infierno de los más de 35 grados centígrados que padecen varias ciudades europeas.
Pero con la ropa llega también la exposición excesiva a los peligrosos rayos ultravioleta (UV). Los protectores solares, las gorras, los sombreros y las sombrillas se han convertido en insumos básicos para prevenir las manchas y el cáncer de piel, una enfermedad en constante aumento. En el Reino Unido, las previsiones de Cancer Research estiman que para 2040 se registrará un promedio de 26.500 casos anuales, afectando principalmente a la población joven y trabajadores al aire libre.
Entre la radiación UV y el riesgo de deshidratación, el limitado tiempo al aire libre llega a ser más valorado. Con días calendario que amanecen antes de las 6:00 y oscurecen después de las 21:30 —o como en Copenhague, donde la luz solar aparece a las 4:35 y se oculta a las 21:53, o Berlín, donde el sol brilla de 4:54 a 21:27—, los periodos de tiempo con calor terminan siendo aún más largos. Las recomendaciones médicas insisten en no salir entre las 11:00 y las 18:00, la franja de mayor peligro por cuenta de los rayos UV. Sin embargo, esta limitación ha transformado por completo cuestiones como el horario de consumo de productos y compras, el uso de la bicicleta y los programas para las actividades culturales, gastronómicas, educativas y laborales, las cuales cada vez se hacen más en la oficina-casa.
Ese encierro obligatorio consecuentemente dispara el uso del aire acondicionado, un aparato que ya es esencial para los afortunados que lo pueden pagar, a pesar de que su uso aumenta hasta en un 40% la factura eléctrica en países como España o Alemania. En los hogares que no cuentan con él, los ventiladores intentan cumplir la misma función: “Lo viejo siempre funciona” sería un dicho popular. Aún más viejo serían los abanicos, ejercicios de mano cotidianos en balcones, estaciones de bus, terrazas y parques.
Si durante el día se ha permanecido en casa y no hay planes de salir por la noche, esa franja de oscuridad que antes parecía ofrecer una tregua también ha sido alcanzada por la ola de calor. El aire sigue ardiendo incluso en las horas nocturnas. Barcelona, que atraviesa su tercera ola de calor en menos de un mes, registró el pasado miércoles 8 de julio la noche más calurosa de su historia. Según los datos del Observatori Fabra, referencia climática de la ciudad, la sensación térmica alcanzó los 41 °C, récord de temperatura también registrado el pasado 2 de julio en el Aeropuerto Alfonso López de Valledupar.
Sin embargo, que el calor no dé tregua por la noche multiplica los riesgos de enfermedad. Durante el descanso, la temperatura interna del cuerpo debería bajar, el sistema nervioso y cardiovascular tendría que recuperarse y el estrés térmico acumulado debería liberarse. Sin embargo, el descanso real ha quedado reducido a las pocas horas en que el cuerpo logra conciliar el sueño.
Estas experiencias cotidianas, que alimentan las quejas de personas a nivel micro, intensifican la sensación de crisis grave al trasladarse al plano macro. La enorme demanda de energía eléctrica, el aumento de los incendios forestales y la escasez de recursos hídricos dibujan un panorama complejo. Un ejemplo cercano es la
Los días se vuelven intolerables; las noches, eternas. La vida cotidiana ya no está determinada por las caminatas de las mañanas, las reuniones presenciales o las salidas al aire libre, sino por el estrecho margen de tiempo en que el calor permite salir de casa. Al despertar, la sensación de sofoco convierte en tarea urgente saltar de la cama y tomar una ducha. Con agua fría, casi polar, y el tiempo cronometrado. Basta una sola canción de menos de tres minutos cuarenta segundos, “Work Song” de Hozier, para cumplir al pie de la letra con los racionamientos impuestos tras una sucesión de sequías que, por ejemplo, en 2024 llevaron a Cataluña a restringir el uso del agua al 80 % de su población.
Sin embargo, uno desearía quedarse un álbum musical completo bajo el chorro de agua antes de salir al exterior, donde la humedad y la concentración del calor en Barcelona hacen que el cuerpo vuelva a sudar de inmediato, suplicando por un espacio más fresco. Ya al vestirse, las prendas cortas apenas amortiguan el infierno de los más de 35 grados centígrados que padecen varias ciudades europeas.
Pero con la ropa llega también la exposición excesiva a los peligrosos rayos ultravioleta (UV). Los protectores solares, las gorras, los sombreros y las sombrillas se han convertido en insumos básicos para prevenir las manchas y el cáncer de piel, una enfermedad en constante aumento. En el Reino Unido, las previsiones de Cancer Research estiman que para 2040 se registrará un promedio de 26.500 casos anuales, afectando principalmente a la población joven y trabajadores al aire libre.
Entre la radiación UV y el riesgo de deshidratación, el limitado tiempo al aire libre llega a ser más valorado. Con días calendario que amanecen antes de las 6:00 y oscurecen después de las 21:30 —o como en Copenhague, donde la luz solar aparece a las 4:35 y se oculta a las 21:53, o Berlín, donde el sol brilla de 4:54 a 21:27—, los periodos de tiempo con calor terminan siendo aún más largos. Las recomendaciones médicas insisten en no salir entre las 11:00 y las 18:00, la franja de mayor peligro por cuenta de los rayos UV. Sin embargo, esta limitación ha transformado por completo cuestiones como el horario de consumo de productos y compras, el uso de la bicicleta y los programas para las actividades culturales, gastronómicas, educativas y laborales, las cuales cada vez se hacen más en la oficina-casa.
Ese encierro obligatorio consecuentemente dispara el uso del aire acondicionado, un aparato que ya es esencial para los afortunados que lo pueden pagar, a pesar de que su uso aumenta hasta en un 40% la factura eléctrica en países como España o Alemania. En los hogares que no cuentan con él, los ventiladores intentan cumplir la misma función: “Lo viejo siempre funciona” sería un dicho popular. Aún más viejo serían los abanicos, ejercicios de mano cotidianos en balcones, estaciones de bus, terrazas y parques.
Si durante el día se ha permanecido en casa y no hay planes de salir por la noche, esa franja de oscuridad que antes parecía ofrecer una tregua también ha sido alcanzada por la ola de calor. El aire sigue ardiendo incluso en las horas nocturnas. Barcelona, que atraviesa su tercera ola de calor en menos de un mes, registró el pasado miércoles 8 de julio la noche más calurosa de su historia. Según los datos del Observatori Fabra, referencia climática de la ciudad, la sensación térmica alcanzó los 41 °C, récord de temperatura también registrado el pasado 2 de julio en el Aeropuerto Alfonso López de Valledupar.
Sin embargo, que el calor no dé tregua por la noche multiplica los riesgos de enfermedad. Durante el descanso, la temperatura interna del cuerpo debería bajar, el sistema nervioso y cardiovascular tendría que recuperarse y el estrés térmico acumulado debería liberarse. Sin embargo, el descanso real ha quedado reducido a las pocas horas en que el cuerpo logra conciliar el sueño.
Estas experiencias cotidianas, que alimentan las quejas de personas a nivel micro, intensifican la sensación de crisis grave al trasladarse al plano macro. La enorme demanda de energía eléctrica, el aumento de los incendios forestales y la escasez de recursos hídricos dibujan un panorama complejo. Un ejemplo cercano es la Inteligencia Artificial (IA): en olas de calor como la actual, los centros de datos requieren cantidades enormes de agua para refrigerar sus servidores. Científicos de la ONU prevén que para 2030 la IA consumirá tanta agua como 1.300 millones de personas y generará unas 400 millones de toneladas de dióxido de carbono, una cifra equiparable a las emisiones totales del Reino Unido. Ante este escenario, surgen preguntas inevitables: ¿alcanzará el agua para tanto? ¿se priorizaran las maquinas o los seres humanos en su consumo?
Situándolo a este año, según el servicio Copernicus, junio de 2026 se convirtió en el segundo junio más cálido en la historia de Europa Occidental, con una temperatura media de 19,14 °C, un registro solo superado por los 20,74 °C de junio de 2019. Mientras las ciudades se sofocan, los campos y las reservas forestales arden. La combinación es explosiva: sequías prolongadas, temperaturas extremas y especies vegetales altamente inflamables. Basta recordar los incendios que afectaron los cerros orientales de Bogotá hace poco más de dos años. En Europa, sin embargo, este escenario se repite con una frecuencia cada vez mayor. Los invito buscar en Google, en este mismo momento, la cantidad de incendios forestales activos en cualquier país europeo. La elección del país queda a su elección.
Si miramos más lejos, el impacto también llega al Ártico, donde la masa de hielo registrada fue un 5% menor a su media, y a los océanos, que alcanzaron este año una temperatura récord promedio global de 21 °C. Esta estela de destrucción además de naturaleza, también se cobra vidas humanas: solo en Alemania, la ola de calor provocó cerca de 5.000 muertes en junio, afectando principalmente a mayores de 85 años atrapados en habitaciones que superaban los 30 grados sin ventilación ni aire acondicionado.
- Al final, el día a día se está reduciendo a sobrevivir y restringirse; a buscar desesperadamente cualquier rastro de aire fresco, una bebida fría o un refugio bajo la sombra. Sin embargo, la discusión actual va mucho más allá de si estamos o no ante “un verano caluroso”. El verdadero elefante en la habitación del cambio climático es que las olas de calor ya son nuestro paisaje cotidiano. Datos estadísticos, sensaciones térmicas asfixiantes, quejas en conversaciones cotidianas, incendios forestales, deshielos, el uso desmedido del aire acondicionado y la creciente demanda de recursos naturales están reescribiendo las reglas de la existencia humana. ¿habrá entonces un límite real para este aumento de las temperaturas, o las olas de calor terminarán por dictar nuestras vidas? La verdadera pregunta ya no es cuándo se detendrá el termómetro, sino cuánto más los seres humanos y el planeta seremos capaces de aguantar.
Inteligencia Artificial (IA): en olas de calor como la actual, los centros de datos requieren cantidades enormes de agua para refrigerar sus servidores. Científicos de la ONU prevén que para 2030 la IA consumirá tanta agua como 1.300 millones de personas y generará unas 400 millones de toneladas de dióxido de carbono, una cifra equiparable a las emisiones totales del Reino Unido. Ante este escenario, surgen preguntas inevitables: ¿alcanzará el agua para tanto? ¿se priorizaran las maquinas o los seres humanos en su consumo?
Situándolo a este año, según el servicio Copernicus, junio de 2026 se convirtió en el segundo junio más cálido en la historia de Europa Occidental, con una temperatura media de 19,14 °C, un registro solo superado por los 20,74 °C de junio de 2019. Mientras las ciudades se sofocan, los campos y las reservas forestales arden. La combinación es explosiva: sequías prolongadas, temperaturas extremas y especies vegetales altamente inflamables. Basta recordar los incendios que afectaron los cerros orientales de Bogotá hace poco más de dos años. En Europa, sin embargo, este escenario se repite con una frecuencia cada vez mayor. Los invito buscar en Google, en este mismo momento, la cantidad de incendios forestales activos en cualquier país europeo. La elección del país queda a su elección.
Si miramos más lejos, el impacto también llega al Ártico, donde la masa de hielo registrada fue un 5% menor a su media, y a los océanos, que alcanzaron este año una temperatura récord promedio global de 21 °C. Esta estela de destrucción además de naturaleza, también se cobra vidas humanas: solo en Alemania, la ola de calor provocó cerca de 5.000 muertes en junio, afectando principalmente a mayores de 85 años atrapados en habitaciones que superaban los 30 grados sin ventilación ni aire acondicionado.
Al final, el día a día se está reduciendo a sobrevivir y restringirse; a buscar desesperadamente cualquier rastro de aire fresco, una bebida fría o un refugio bajo la sombra. Sin embargo, la discusión actual va mucho más allá de si estamos o no ante “un verano caluroso”. El verdadero elefante en la habitación del cambio climático es que las olas de calor ya son nuestro paisaje cotidiano. Datos estadísticos, sensaciones térmicas asfixiantes, quejas en conversaciones cotidianas, incendios forestales, deshielos, el uso desmedido del aire acondicionado y la creciente demanda de recursos naturales están reescribiendo las reglas de la existencia humana. ¿habrá entonces un límite real para este aumento de las temperaturas, o las olas de calor terminarán por dictar nuestras vidas? La verdadera pregunta ya no es cuándo se detendrá el termómetro, sino cuánto más los seres humanos y el planeta seremos capaces de aguantar.