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Señor Presidente Electo:

POR: Ximena Echavarría

Señor Presidente Electo:

Le escribo con un poco de miedo y con mucha rabia contenida, que es la mezcla con la que crecemos los que nacimos en el Chocó. Miedo de que esta carta termine, como tantas otras, archivada en un cajón. Rabia de tener que volver a escribirla.

Soy chocoana. Nací en El Carmen de Atrato, a la orilla de una carretera que ha enterrado a más gente de la que ha transportado. Desde niña aprendí a reconocer mi tierra en los noticieros: aparecíamos cuando había un derrumbe, una creciente, una masacre, un niño muerto de hambre en pleno siglo veintiuno, la muerte de personas en la vía en ocasión a su mal estado. Nunca aparecíamos por lo que somos. Aparecíamos por lo que nos falta. Y aún hoy me cuesta perdonarle al país esa costumbre de vernos solamente cuando lloramos.

Lo que nos falta, Presidente, no es producto de la mala suerte. Es el resultado de una decisión que Colombia ha tomado durante siglos sin atreverse a decirla en voz alta: que hay territorios que importan y territorios que pueden esperar. El Chocó siempre estuvo en la segunda lista. No es casualidad que el departamento más negro del país sea también el más pobre, el peor conectado, el más olvidado. El abandono aquí tiene un color, tiene una historia, y esa historia empieza mucho antes de su gobierno y del anterior.

Esta tierra la levantaron hombres y mujeres traídos encadenados para arrancarle a la selva el oro que enriqueció a otros. Cuando por fin se abolió la esclavitud, lo que llegó no fue la libertad plena: llegó el abandono. Nos dejaron el oro agotado, los ríos, el monte y la pobreza, y se marcharon. Desde entonces el Estado ha vuelto solo de visita, casi siempre en campaña, casi siempre con un discurso bonito y una foto, casi nunca con obras terminadas. A eso, con todas sus letras, se le llama racismo estructural: no el insulto que se grita, sino el presupuesto que nunca llega.

Por eso, cuando le hablo de carreteras, no le estoy hablando de cemento. Le estoy hablando de dignidad. La vía Medellín–Quibdó lleva toda mi vida siendo una promesa. Las vías Ánimas–Nuquí y Cali–Quibdó llevan décadas siendo apenas anuncios. Nuestras carreteras terciarias siguen condenando al campesino al aislamiento cada vez que llueve, y aquí llueve casi todos los días del año.

Pero el Chocó no se mueve solo por tierra: nuestros ríos son nuestras autopistas. El Atrato, el San Juan, el Baudó. Tuvo que ser una Corte la que reconociera al Atrato como sujeto de derechos, porque el Estado no fue capaz de proteger ni el río ni a la gente que vive de él. Necesitamos puertos fluviales dignos, transporte seguro, una apuesta multimodal de verdad. Necesitamos que los aeropuertos de Nuquí, Bahía Solano, Juradó, Pizarro, Capurganá y Riosucio se entiendan por lo que son: infraestructura estratégica, no caprichos de la periferia.

Porque el desarrollo no llega a donde no puede entrar. Y no entra donde no hay luz ni señal. Le va a costar creerlo, pero todavía hay comunidades enteras de este departamento sin energía estable y sin internet. Mientras el país entero discute inteligencia artificial, aquí hay niños haciendo tareas a la luz de una vela. Esa distancia no es solo tecnológica: es histórica, y es racial.

Pero si hay una deuda que no admite ni una excusa más, es la de la salud. Ninguna madre chocoana debería tener que calcular si su hijo aguanta las horas que se tarda en llegar a otra ciudad donde sí haya con qué atenderlo. Y sin embargo lo calculamos a diario. Aquí la gente no se muere solo de enfermedad: se muere de distancia, se muere de espera, se muere de que el hospital con verdaderos recursos quede en otro departamento. Fortalecer la red pública hospitalaria del Chocó no es un favor que se nos hace. Es saldar una vergüenza nacional.

Lo mismo pasa con la educación. La Universidad Tecnológica del Chocó es, para miles de muchachos, la única manera de soñar sin tener que irse. Fortalecerla y llevarla a las subregiones es creer en una generación que tiene todo el talento y casi ninguna oportunidad. Darle la espalda es repetir, una vez más, el viejo mensaje de que lo nuestro no merece inversión.

Y mientras tanto, Quibdó sigue mostrando cifras de pobreza que deberían quitarle el sueño a cualquiera que se diga colombiano. A esa pobreza se le sumó la guerra. Hoy los grupos armados se disputan nuestros ríos y nuestras trochas, desplazan comunidades enteras, confinan pueblos completos. Y el Estado sigue llegando tarde, cuando llega. Por eso le pido que no nos ofrezca solamente más uniformes. La seguridad de verdad también se llama escuela, hospital, carretera, empleo, internet. Un joven con futuro es mucho más difícil de reclutar que un joven al que el país le quitó todo.

Le voy a hablar claro, como hablamos los chocoanos: el racismo en Colombia casi nunca se grita, pero se administra. Se administra en las obras que no se terminan, en los recursos que se reparten para otros, en los funcionarios que asienten en campaña y desaparecen después. A nosotros no nos discriminan diciéndonoslo de frente. Nos discriminan dejándonos para después. Y ese «después» ya lleva doscientos años.

No le estoy pidiendo privilegios. Le estoy pidiendo justicia. Le estoy pidiendo que dejen de mirar al Chocó como un rincón al que se va de paso y empiecen a mirarlo como lo que es: una de las regiones más ricas, más biodiversas y más estratégicas del país, habitada por una gente que lleva siglos resistiendo con una dignidad que ya quisieran muchos.

Los chocoanos no queremos lástima. La lástima nos ofende. Queremos oportunidades, las mismas que en este país parecen repartirse según el color de la piel y el lugar donde uno nació. Queremos que nuestros hijos crezcan en un departamento conectado, seguro, con luz, con agua, con futuro. Queremos, sobre todo, no tener que escribir esta misma carta dentro de veinte años, con otra firma, sobre los mismos muertos en la misma carretera.

El Chocó ha demostrado que sabe esperar. Hemos esperado con una paciencia que se parece demasiado al perdón. Lo que ya no entendemos, Presidente, es por qué siempre nos toca esperar a nosotros.

Por favor, no nos obligue a esperar otros cuatro años.

Con respeto, y todavía con esperanza,

Una mujer del Chocó

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