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Puntos de encuentro

POR: Valery Fierro

Puntos de encuentro

La guerra, llamada con tantos nombres a lo largo de los años, ha sido siempre, a fin de cuentas, una forma terca y dolorosa de fratricidio. Hermanos asesinando hermanos. Esta metáfora triste que ha sido retratada por Jesús Abad Colorado, quien ha pasado su vida fotografiando lo que las balas dejan detrás de sí. En cuyos retratos descubre uno, con un malestar que no se termina de ir, que detrás de cada bando hay una madre, y que las dos madres, la del uno y la del otro, lloran la misma sangre que lleva décadas recorriendo nuestros ríos, pintando de sangre nuestra bandera. Esa misma bandera gastada por el sol, a la que hemos cantado desde niños, con la mano en el corazón y la mirada puesta en el cielo, que cesó la horrible noche.

Lo cantamos en pretérito, que es el tiempo de las cosas terminadas, como quien da por clausurado un asunto, y bastaría sin embargo con asomarse a este junio de 2026, con las fronteras cerradas por decreto y el país entero conteniendo el aliento hasta el domingo, para entender que aquella noche no cesó, que apenas aprendió a disfrazarse de mediodía, cambiando el monte por la pantalla y el fusil por esa palabra que también deja muertos, aunque sean muertos que siguen caminando.

Nos creímos los herederos de la paz, los que por fin habían apagado el incendio, y fuimos descubriendo, con el tiempo, que apenas habíamos trasladado la hoguera de sitio.

Y sin embargo, sigue habiendo algo más grande y más profundo en todo esto que encarna nuestra colombianidad, que supera nuestras diferencias, que impregna nuestro inconsciente colectivo, está en nuestro ADN y es lo que nos convoca. Algo que ninguna de noche por más horrible, ha conseguido apagar.

No cabe en los discursos ni se gasta en las campañas; está en lo imperceptible de nuestra esencia, en nuestra particularidad al decir nuestras palabras, en la música y el ritmo que reconocemos, en la costumbre de reírnos hasta del espanto, en nuestras historias de realismo mágico que evidenciamos a diario, en esa forma tan nuestra de llamarnos mijos, como si fuéramos familia, porque lo somos.

Nuestra esencia y pertenencia no figura en ningún tarjetón, es y punto. Nos pertenece y nadie nunca nos lo podrá arrebatar. Es nuestra verdad y complejidad absoluta que nos reúne y nos delata en cualquier rincón del mundo, incluso antes de hablar.

Y es aquí cuando debemos reconocernos desde la comprensión y la unidad. Que todos, como Caín y Abel, tenemos una historia y una realidad que han moldeado nuestro pensamiento, inclinación política y visión de país. Estoy convencida de que esta polarización responde, de mala manera quizás, a la yuxtaposición de personas que creen que su postura es la solución y lo que el país necesita.

Yo amo mi país como a ninguno, daría mi vida por mi tierra y quiero siempre lo mejor para ella. Y con esta misma certeza, sé que quien piensa algo totalmente contrario a mí, comparte una idéntica sinceridad y amor hacia Colombia, que se parece sospechosamente al mío. Y ahí estamos los dos, mirando el mismo país desde la otra orilla del mismo río.

El día en que comprendí eso dejé de temerle a su diferencia y empecé a temerle a algo más cercano, que era mi propia inclinación a creer que tener razón me autorizaba a quedarme con la patria y a dejarlo al otro sin ninguna.

Conviene decirlo sin adornos: a nosotros no nos faltan razones para entendernos, nos sobran. Y por eso mismo, no podemos continuar escogiendo pelear entre nosotros.

Si sentáramos, de verdad y sin cámaras, a una mujer del Cauca y un ganadero de Córdoba, con el muchacho que marchó contra el gobierno y quien marchó a favor, descubriremos casi siempre, con asombro, que quieren lo mismo, que sus hijos regresen con vida a la casa, que la salud y los medicamentos lleguen a sus municipios, que haya seguridad y presencia del Estado, que las mujeres y las niñas podamos caminar tranquilas sin el corazón en la mano, que la economía de las familias alcance para una vida digna.

Coincidimos en casi todo lo que realmente importa, y seguimos prefiriendo, porque es una preferencia y no una fatalidad, la embriaguez de tener un enemigo a la molestia de tener un interlocutor. Porque nos resultó más cómodo odiar al que no se conoce que sentarse al lado del que sí. Porque nuestra violencia se volvió un ciclo interminable y es más fácil encontrar enemigos en quienes piensan distinto.

El domingo, decida lo que decida el país, la otra mitad de Colombia amanecerá el lunes con la certeza de haber perdido algo más grande que una elección, y la otra mitad, ebria de triunfo, sentirá la vieja tentación de gobernar como si los vencidos no existieran, y serán, la una y la otra, la misma moneda con dos caras.

No es casual que más de cincuenta organizaciones hayan tenido que salir a pedir, con anticipación, lo que en una república adulta y madura no haría falta pedir, que los resultados se reconozcan y respeten y que el adversario se acepte; cuando esa súplica hay que hacerla por adelantado, ya está dicho casi todo sobre el lugar en el que estamos, y queda dicha también, aunque a nadie le guste, la tarea que nos espera.

No escribo para pedir que pensemos lo mismo, que sería la más astuta de las guerras, la que sueña con un país sin disidentes; escribo para proponer algo bastante más duro, aprender con sobriedad y madurez a ser adversarios sin ser enemigos, a perder o ganar una elección frente al hermano y despertar al otro día en el mismo país que él, a discutir con toda la fuerza de las convicciones y, terminada la discusión, admitir que quien está enfrente es apenas otra u otro colombiano asustado que también ama su patria, nuestra patria, a su manera.

Caín mató a Abel, y acaso lo mató porque no soportó mirarlo; toda nuestra historia cabe, si lo pensamos, en ese gesto de no querer ver al otro, y quizá toda nuestra salvación posible quepa en el gesto contrario, que es el más difícil de todos porque parece rendición cuando es la única forma de la valentía que cura, y consiste apenas en bajar la piedra que llevamos en la mano, sin haber dejado por eso de estar en desacuerdo, que seguiremos estándolo mientras vivamos, pero habiendo aprendido a fin de cuentas, después de tantos años de probarlo todo, lo que tal vez ya sabíamos sin atrevernos a confesarlo, que nuestros hermanos valen más vivos que cualquier discusión por tener razón. La horrible noche, lo sabemos en el fondo, no cesará el domingo, ni cesará porque uno de los dos gane; cesará, si alguna vez cesa, el día en que los dos decidamos, simplemente, no anularnos.

Continuemos buscando más puntos de encuentro que desencuentro. Votemos a conciencia. Y respetemos, con vehemencia, la decisión del electorado.

A partir del lunes todos tenemos una tarea inmensa y mucho más importante: reconciliarnos y seguir defendiendo la institucionalidad y sobretodo, la democracia.

Colombia es maravillosa e inmensa, pero la verdadera magia de nuestro país, somos nosotros, los colombianos.

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