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¿Qué hace que un trabajo sea verdaderamente esencial?
POR: Johanna Pardo Mendoza
Parece que fue ayer cuando aceptamos que las autoridades nos clasificaran en prescindibles o necesarios. Era una fórmula para organizar lo que entonces podía derrotarnos a todos: una pandemia, esa peste sacada de los libros de historia que nos reventó en las manos.
Agradecíamos o maldecíamos estar en uno u otro grupo, según el estado febril y emocional en que estuviéramos. Los imprescindibles salían a sus anchas, libres del encierro salvador, para exponer su vida por los otros. Los descartables podíamos, en el mejor de los casos, trabajar desde la casa.
En una emergencia esas clasificaciones eran inevitables, pero lo que nunca imaginamos fue que seguiríamos pensando en ellas, porque la pregunta no desapareció con la pandemia, solo cambió de escenario. Hoy ya no nos preguntamos únicamente qué trabajos son esenciales para que una sociedad funcione; nos preguntamos, muchas veces en silencio, si lo que hacemos sigue siendo necesario e importante. Por esa misma razón no hay nada más humano que ser parte de la construcción del mismo mundo que compartimos.
Aún seguimos entendiendo el impacto de la pandemia en el mundo laboral, muchos trabajos no volvieron a suceder, y uso ese verbo a propósito, porque el trabajo sucede entre nosotros. Es uno de los espacios donde ocurre buena parte de lo que somos, y allí encontramos propósito, reconocimiento y también dudas: descubrimos si aquello que hacemos hace alguna diferencia, se hace mundo. Muchos empezaron a preguntarse si el navío de la vida continuaba igual sin ellos a bordo, mientras el chaleco del naufragio fue la tecnología que hizo posible lo que antes no imaginábamos: estar sin estar, producir sin juntarnos, ver sin sentirnos. Poco a poco se descubrieron nuevas formas de trabajar, mientras unos y otros, incluyendo las empresas siguen en la búsqueda de cómo encontrarse.
Terminada aquella emergencia, muchos de esos trabajos esenciales volvieron a un lugar secundario en nuestras conversaciones y prioridades, quizá porque seguimos confundiendo valor con precio, o eficiencia con importancia. Se visibilizaron otras formas de trabajar e influir.
Seis años después, esa misma tecnología parece haber cambiado de papel: hoy el chaleco del naufragio es el vestido de gala de la inteligencia artificial, y se expande por el mundo del trabajo como otra pandemias que altera la vida antes de comprenderla. Ese vestido nos obliga nuevamente a reorganizar nuestras certezas sobre quién hace falta cuando todo cambia. Muchos la satanizan; el papa León XIV, sin embargo aunque no la ve arder en el infierno, en su reciente encíclica manifiesta su preocupación cuando se pretende creer que supera al ser humano porque puede confundir la construcción de herramientas como por ejemplo la torre de babel con lo verdaderamente magno de la condición humana que se engrandece a si misma con la dignidad, la compasion y el trabajo en uno mismo y con el otro. A la inteligencia artificial intento abordarla con atención y curiosidad como hago con los jóvenes y su forma de agarrarse al mundo.
Hace poco, en un chat de jóvenes donde soy la integrante vintage intrusa, leía: somos la generación Z, mientras enviaban emoticones riendo. Pensé que hablaban del año en que habían nacido. Equivocada estaba: me confirman que era Z de Zolpidem. Como tonta, puse un emoticón de curiosidad y sonrisa. Pregunté después qué era exactamente, y ahí se me acabó la risa. Descubrí que detrás del chiste había ansiedad, desesperanza y una sensación compartida por muchos: haber estudiado para un mundo que parece no necesitarlos, y otros más, los que aún no sabían si podían estudiar y sintiendose aun mas prescindibles.
Parecen conversaciones distintas: la pandemia, la generación Z y la inteligencia artificial. Yo sospecho que no, pues nacen de la misma inquietud: la necesidad de encontrar un espacio donde nuestro trabajo, ese hacer tenga sentido para alguien. Una cosa es que una tarea cambie y otra distinta es sentir que uno dejó de hacer falta. Por eso la conversación sobre inteligencia artificial me interesa menos por la tecnología que por las personas, y ese es el pliegue que hay que contemplar y no es una tarea solitaria.
La inteligencia artificial nos obliga a volver sobre algo mucho más antiguo: aprender a leer, a escribir y a hablar, no porque estén de moda, sino porque nos devela cómo somos, nos expresamos y nos hacemos oír. No basta un buen prompt si no sabemos qué preguntar, por qué lo preguntamos y para qué queremos la respuesta, mucho menos si no sabemos descartar.
Todo esto vale tanto para cada persona como para cada organización: el progreso no es un derivado automático de la tecnología, sino una construcción deliberada de lo que el ser humano, con otros seres humanos hacen posible. Esa grandeza es imposible de separar del hacer, tanto para las personas como para las empresas. Hay algo sembrado en esto, casi terco de mi parte: todos queremos y necesitamos de una u otra manera algo o mucho de riqueza, por eso la prosperidad de una organización no puede medirse solo en eficiencia o automatización, depende de que cada persona encuentre un lugar preciso, con nombre propio, y no se disuelva en la uniformidad anónima de una obra que solo aspira a crecer sin límite. El propósito empresarial más duradero no es sustituir lo que las personas hacen, sino ampliar lo que pueden llegar a hacer, y así multiplicar lo que hay.
Hace seis años aprendimos cuáles trabajos eran esenciales para sobrevivir una pandemia; tal vez la pregunta de esta década sea otra: no cuáles empleos desaparecerán, sino cómo construir trabajos donde las personas sigan sintiendo que lo que hacen importa para alguien. Porque, al final, pocas cosas nos inquietan tanto como descubrir que podríamos desaparecer… y que nada cambie.
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