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¡NO, NO SOMOS UNA FAMILIA! Lo humano no necesita ficción

POR: Johanna Pardo

¡NO, NO SOMOS UNA FAMILIA! Lo humano no necesita ficción

Humanizar el mundo laboral es una urgencia, pero no se trata de incluir suavizantes que emulsionen, sino de entender que la forma y el fondo para relacionarse y comunicarse con los equipos de trabajo debe ser clara, adulta y auténtica.

Tal vez habría que empezar por deshacerse de discursos vacíos, repetidos en múltiples versiones. Uno de los más instalados es el llamado que hacen muchas empresas a sus equipos a ser una familia. No se desaprovecha espacio: reuniones, discursos, correos electrónicos y hasta la marca misma se recubren con esa etiqueta que remite a la sangre, al parentesco, a la crianza, a ese núcleo emocional privado que habitamos en la modernidad. Ese núcleo ha cambiado con el tiempo, sí, pero no para convertirse en el eslogan de una empresa.

Por fuerte que sea el vínculo con un empleador —incluso en empresas familiares, pocas cosas generan más sospecha que un líder diciéndole a su equipo que “somos una familia”. A veces ocurre desde la misma inducción, frente a ojos que parecen atentos, pero que también cargan silencios incómodos: los de quienes ya saben que no lo son, sin embargo, permanecen aferrados a esos padres ficticios que cambian de nombre, de estilo o de carácter según la temporada.

Esto no es un cuestionamiento a los afectos reales que nacen del trabajo. Hay personas que se quedan en la vida, empresas que marcan, experiencias que configuran lo que somos y también hay propósitos organizacionales que se vuelven propios. Nada de eso está en discusión.

Lo que sí lo está es otra cosa: la ligereza con la que se usa la idea de familia para cohesionar, para alinear, para conmover. Se instala un vínculo emocional que no es inocente y se invoca para pedir más, para exigir sin nombrar la exigencia, para diluir los límites que, en cualquier otra relación, serían claros. Bajo esa narrativa, se espera que el trabajador haga cosas que, de no estar mediadas por ese compromiso afectivo, probablemente cuestionaría, negaría o al menos pondría en discusión.

Ahí está el punto. No es una metáfora ingenua, es una herramienta poderosa y  como toda herramienta de ese calibre, puede usarse sin cuidado.

En una familia hay amor, hay entrega, hay conflictos profundos, hay rupturas incluso irreparables,  pero no hay sanciones disciplinarias, ni despidos unilaterales, ni desvinculaciones por justa causa o por reducción de personal. En una familia no se deja de pertenecer por decisiones estratégicas o por cambios en la operación. En las empresas sí y es normal que así sea.

Nombrar esa diferencia no enfría las relaciones: las vuelve honestas. En tiempos en los que parece que nadie cree en nada, resulta curioso que esta idea sí encuentre eco. Muchas personas se meten en el relato de que hacen parte de esa “familia” que es la empresa. Lo hacen porque aman ese concepto, porque desean pertenecer a algo así o porque, simplemente, suena bien. También porque hay vacíos afectivos que, sin darnos cuenta, se mezclan con el trabajo y encuentran allí un lugar para proyectarse.

Esa mezcla tiene un costo y cuando la empresa deja de ser ese lugar —porque siempre deja de serlo en algún momento—, el golpe no es solo laboral, es emocional, una sensación de haber sido traicionado por algo que se creyó más grande que un contrato, es el desconcierto de quien no logra entender por qué, si “éramos familia”, ahora todo termina bajo las reglas más impersonales posibles y ahí es donde la confusión revela su efecto más profundo: desdibuja la capacidad de poner límites, de leer las relaciones en su justa dimensión, de actuar como adultos en un entorno que exige precisamente eso.

No se trata de eliminar el afecto del trabajo, es todo lo contrario se trata de construir relaciones basadas en valores compartidos, en respeto, en solidaridad, en propósito y reconocer que el trabajo también es un espacio donde se teje lo humano y lo humano no necesita ficción para sostenerse.

Quizás la apuesta sea más exigente: hablar con claridad, nombrar las cosas como son, evitar las palabras que, por querer acercar, terminan confundiendo. Liderar sin recurrir a atajos emocionales, vincular sin invadir y convocar sin prometer lo que no se puede cumplir.

Es válido amar una empresa, es legítimo sentirse parte de algo, pero no es responsable es incentivar la idea de que ese algo es una familia, y principalmente porque no lo es e insistir en que lo sea no fortalece el vínculo: lo distorsiona.

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