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NACER ENTRE LAS REJAS DE UNA CÁRCEL

NACER ENTRE LAS REJAS DE UNA CÁRCEL

En diciembre de 2024 entrevisté a Jia Guo en la cárcel El Buen Pastor, en Bogotá. Es una mujer de 31 años, sensible y cariñosa. Es de China. Allá estudió literatura y llegó a Colombia por Gabriel García Márquez, pero dice que lo que la hizo quedarse fue el cielo azul. Por eso decidió que su nombre en español fuera Celeste. En este momento cumple una condena de 18 años de prisión. Hasta ahora lleva tres. Cuando nos encontramos, yo ya sabía que vivía en su celda con su hija Daphne, de dos años, y que estaba embarazada de su segundo hijo. Ese sería el tema central de nuestra entrevista: la maternidad en la cárcel.

Publiqué esa entrevista en mi pódcast Latente, en el que buscamos visibilizar historias de personas privadas de la libertad desde una mirada humana y respetuosa. Es un proyecto que parte de la convicción de que detrás de las rejas hay seres humanos que intentan reconstruirse, incluso en condiciones adversas. Por eso, no me interesaba conocer los detalles de la condena de Jia Guo, sino comprender cómo se vive, se piensa y se materna dentro de un sistema que castiga.

Más allá de lo obvio —que criar a un bebé es un proceso retador—, en un espacio como este todo es mucho más complejo. La maternidad dentro de una cárcel se vive sin intimidad. Ocurre bajo miradas ajenas, algunas dispuestas a ayudar y otras indiferentes; entre protocolos y reglas que deben cumplirse porque, de lo contrario, hay consecuencias; y con tiempos que no siempre van de la mano con el proceso natural de un embarazo deseado. Es difícil no solo en términos materiales, por la escasez, sino también simbólicos: enseñar a caminar entre celdas, dormir en espacios que no fueron pensados para cunas y permitir que el lenguaje cotidiano de la cárcel se filtre, inevitablemente, en los primeros años de vida.

La cotidianidad de una madre con un hijo en prisión está atravesada por rutinas que no se ajustan a la infancia fuera de ese contexto. Los días transcurren entre horarios rígidos y trámites interminables para pedir permisos, incluso para los controles médicos. Aunque Daphne puede salir durante algunas horas a un jardín, esa salida es una especie de libertad efímera, porque al caer la tarde debe regresar a la cárcel. Daphne aún es muy pequeña para entender el encierro, pero no para sentirlo, porque también está privada de muchos de sus afectos. No puede ver a sus familiares en libertad, pues esos encuentros solo ocurren durante las visitas a su mamá, en tiempos limitados y bajo supervisión. Su mundo se reduce a un perímetro estrecho, a pocos rostros repetidos y a una vida marcada por ausencias tempranas. Jia Guo la cuida, le demuestra su amor constantemente y siempre intenta amortiguar ese encierro que heredó.

Quería que Jia Guo me explicara qué era lo más difícil de todo ese proceso. Cuando se lo pregunté, sentí en su mirada la certeza de que tenía esa respuesta lista desde hacía mucho tiempo, de que la había pensado una y otra vez, de que la mortificaba cada día que pasaba encerrada:—Para mí, lo más difícil es algún día decirle que tienes que irte de tu mamá —me dijo.

Esa respuesta me conmovió como nunca esperé. La maternidad en la cárcel viene con una fecha de vencimiento impuesta: la ley permite que los bebés que nacen entre rejas permanezcan allí hasta los tres años. En ese momento, los sacan de la cárcel y el ICBF se encarga de entregarlos a algún familiar o persona cercana que pueda cuidarlos hasta que termine la condena. A Daphne la recibirá su papá. Cuando Jia Guo salga de la cárcel, su hija tendrá 15 años y tal vez le será difícil recordarla. Ese duelo lo tendrá que repetir con su segundo bebé.

En la cárcel el tiempo se mide distinto. Es lento, solitario, incierto y miedoso, sí, pero avanza, de alguna forma. Con las personas que deciden maternar es diferente, porque no cuentan los meses hacia adelante, sino hacia atrás; no los cuentan desde el nacimiento, sino hacia la inevitable separación. Es una cuenta regresiva silenciosa en la que el vínculo se interrumpe de manera profundamente traumática. De ese momento se habla poco, quizá porque no existe una forma adecuada de hacerlo. No hay un acompañamiento emocional que logre aliviar esa situación. No siempre se encuentran las palabras correctas para explicarle a un niño de esa edad la razón por la cual debe irse del lugar que hasta ese día reconoce como su hogar y, lo más importante, del lado de la persona más importante de su vida en ese momento. Es una separación legal, sí. Para muchos, necesaria. Pero no deja de ser un duelo.

Hablar de las mujeres que son madres en la cárcel no significa justificar delitos ni romantizar decisiones. Es reconocer una realidad que existe, que incomoda y que nos invita a reflexionar. Es preguntarnos, como sociedad, a quién estamos castigando realmente cuando se rompe el vínculo más básico. Además de Jia Guo, he entrevistado a otras madres y siempre me quedo con la misma pregunta: ¿cuándo vamos a pensar la justicia también desde el cuidado? Esto no quiere decir que debamos desconocer los delitos ni eliminar las consecuencias que impone la justicia. Significa preguntarnos si el castigo, tal como está diseñado hoy, cumple realmente con su promesa de resocialización cuando rompe vínculos esenciales y deja heridas difíciles de reparar. Cuidar también es una forma de hacer justicia: cuidar la salud mental de las madres, el desarrollo emocional de los niños y los vínculos familiares que, en la mayoría de los casos, son lo único que sostiene a quienes están privados de la libertad.

Estar en la cárcel muchas veces acaba con las ilusiones, interrumpe proyectos y minimiza expectativas a futuro. Pero estar privado de la libertad no debería ser sinónimo de estar privado de los sueños propios. La cárcel no tiene por qué cortar el sueño de una mujer de convertirse en mamá. El sistema penitenciario castiga de forma homogénea realidades profundamente distintas, y a veces no son suficientes las alternativas que ofrece para quienes desean cumplir su condena sin renunciar por completo a sus proyectos de vida. Pensar en medidas alternativas al encierro para mujeres gestantes o madres cabeza de familia, fortalecer el acompañamiento psicosocial y garantizar transiciones cuidadas cuando ocurre la separación entre una madre y su hijo no es un acto de indulgencia, sino un acto de dignidad y de verdadera resocialización.

Tal vez, si nos atreviéramos a entender que muchas de las personas que hoy están privadas de la libertad cuentan el tiempo para salir y ser su mejor versión, nos permitiríamos verlas con otros ojos. Quiero pensar que, a pesar de la falta de empatía que a veces nos caracteriza como sociedad, el amor y el perdón siguen siendo más grandes.

No podemos ni debemos olvidar que nadie está exento de terminar en una cárcel.

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