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Mi segundo embarazo estuvo cargado de emociones que, con el tiempo, me hicieron entender algo importante:
POR: Laura Noreña
hay cosas que definitivamente no podemos controlar. Situaciones que simplemente son como tienen que ser y que, aunque en el momento duelan o confundan, terminan dejándote una enseñanza enorme. La mía fue aprender a soltar.
Soltar el control.
Soltar las lágrimas.
Y, sobre todo, permitirme sentir.
Siempre he sido una persona muy reservada, de las que guardan lo que sienten y siguen adelante. Pero ese embarazo vino a enseñarme algo distinto.
En las primeras semanas tuve una pérdida. Era un embarazo gemelar y uno de los bebés no logró continuar. Desde ese momento quedé con muchas dudas y miedos sobre el desarrollo del otro bebé. Aun así, gracias a Dios, ese pequeño milagro —porque fue un embarazo de riesgo después de la pérdida— siguió adelante sin inconvenientes y todo continuó con normalidad.
Dos meses después de que mi hija nació, tras varios exámenes exhaustivos, recibimos el diagnóstico: tenía microftalmia, algo poco común en el desarrollo de uno de sus ojos.
Recuerdo perfectamente ese día. Le conté a mi esposo y a mi familia como quien comunica cualquier resultado médico. Hoy entiendo que estaba en negación. No quería aceptar que aquello estaba ocurriendo. En mi mente tenía que seguir siendo fuerte, como siempre lo había sido. Sentía que si me quebraba, si mostraba miedo o tristeza, estaba fallando como mamá.
Pero la verdad es que me dolía. Me dolía porque era desconocido, porque no tenía respuestas claras y porque incluso para muchos médicos no era algo frecuente. Hubo momentos en los que sentí que mi hija también se convertía en un caso de estudio.
Durante meses pasó por diferentes exámenes. Algunos fueron especialmente difíciles, como solo una mamá puede entender cuando ve a su hijo atravesar procedimientos médicos.
Hasta que llegó un punto en el que mi cuerpo ya no pudo sostener más esa versión de mí que intentaba ser “fuerte”. Y entendí algo que me cambió: negar lo que estás viviendo no es fortaleza.
Fue entonces cuando solté.
Solté las lágrimas que llevaba meses guardando. Me permití sentir miedo, tristeza e incertidumbre. Y en medio de ese proceso entendí algo que transformó mi manera de ver esta historia: mi hija nació así, y eso hace parte de ella, pero no la define.
No la hace menos.
No la limita.
No le quita nada de lo que puede llegar a ser.
Lo que sí depende de nosotros, como sus padres, es la seguridad con la que ella va a enfrentar el mundo.
Hoy mi hija tiene cinco años. A su corta edad ya se ha enfrentado a preguntas, miradas curiosas y comentarios que inevitablemente aparecen cuando algo es diferente.
Pero gracias a ese proceso de aceptación —y a haber aprendido a soltar— ella vive su realidad con una naturalidad que muchas veces me sorprende.
Porque al final entendí que los hijos no solo aprenden de lo que les decimos, sino de cómo nosotros enfrentamos la vida.
Y si algo quiero que mi hija siempre sepa es que ser diferente nunca será una limitación para ocupar su lugar en el mundo.
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