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La justicia que tardó 18 años
Fui reina de belleza. Srta. Bogotá 2021. Y, como a muchas mujeres que hemos ocupado espacios visibles, a veces nos miran creyendo que nuestra vida ha sido perfecta, que todo ha sido aplauso, coronas y sonrisas. Pero no siempre es así. A veces, detrás de una imagen pública, hay una historia que duele profundamente.
Cuando era muy pequeña viví algo que no quisiera que nadie, nunca, tuviera que vivir. Fui abusada sexualmente por Farley José López, un profesor de mi colegio. Estudiaba en uno de los colegios más reconocidos de Cali, el Colegio Jefferson, un lugar que se supone debía ser sinónimo de cuidado, formación y protección. Yo creía, como cualquier niña, que ahí estaba a salvo. Pero no lo estaba.
Han pasado 18 años desde los hechos. Dieciséis años desde que tuve el valor de denunciar, de decir la verdad, de enfrentar el miedo, la vergüenza y el silencio. Dieciséis años de audiencias interminables, de procesos estancados, de esperar respuestas que no llegaban. Cada audiencia era un nuevo duelo. Nada avanzaba, nada pasaba; yo solo le pedía a Dios que algún día se hiciera justicia.
Durante todo ese tiempo, mi agresor estuvo libre. Libre mientras mi caso dormía en un escritorio de la Fiscalía. Libre sin que nadie supiera cuántos abusos más pudo haber cometido. Libre, mientras yo cargaba con una historia que nunca elegí vivir. Y hay algo que todavía me duele profundamente: después de todo este tiempo, después de la condena, no he recibido ni una sola carta de empatía, ni un mensaje, ni un reconocimiento de parte del colegio por el daño causado, cuando lo que viví ocurrió dentro de sus instalaciones, cuando yo era responsabilidad absoluta de la institución, pues tenía tan solo 12 años. El silencio institucional también duele, porque no reconocer el daño es, de alguna manera, perpetuarlo.
El 7 de noviembre de 2025, finalmente, se hizo justicia. Farley José López fue condenado. Ese día no sentí alegría; sentí alivio. Sentí que, por fin, mi verdad había sido escuchada, que lo que viví fue real, difícil y muy grave.
Pero entonces surge la pregunta que no deja de resonar:
¿Por qué tenemos que esperar 16 años para que haya justicia?
¿Por qué una víctima tiene que desgastarse emocionalmente durante casi dos décadas para que el sistema funcione? ¿Por qué los procesos se estancan mientras los agresores siguen libres?
Mi caso no avanzó hasta que llegó a mi vida Juan Felipe Criollo, mi abogado, un penalista reconocido que decidió creerme, acompañarme y luchar conmigo. Gracias a su rigor, a su dedicación y a su compromiso, hoy este hombre está condenado. La justicia, cuando llega,
casi siempre llega porque alguien insiste, empuja y no se rinde.
Escribo esta columna no solo por mí. La escribo por las niñas y los niños que hoy pueden estar viviendo algo similar. Para decirles que no están solos. Para exigir que las
instituciones asuman su responsabilidad. Para recordarle al Estado que la justicia tardía también es una forma de violencia.
Ninguna niña y ningún niño debería vivir lo que yo viví. Y ninguna víctima debería esperar 16 años para que le crean. Hablar sigue doliendo, pero callar duele más. Y si contar mi historia sirve para que una sola persona no tenga que atravesar este camino en silencio, entonces habrá valido la pena.
Seguiré trabajando por los niños y las niñas de mi país, porque la impunidad y la desigualdad no son una opción. A mí, Colombia me falló durante 16 años, pero hoy esa
herida se transforma en compromiso. Trabajaré para que ningún niño ni ninguna niña tenga que esperar casi toda una vida para que se haga justicia, para que la protección sea real y para que el silencio nunca vuelva a ser la respuesta.
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