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Emilio Tapia y la fiesta de la impunidad

POR: Paola Herrera

Emilio Tapia y la fiesta de la impunidad

Mientras usted y yo pagamos impuestos, mientras los niños de las veredas más apartadas de Colombia siguen sin internet, mientras el Estado colombiano aún no ha recuperado ni un peso de los 70.000 millones que se evaporaron en el escándalo de Centros Poblados, Emilio Tapia estaba este fin de semana en Valledupar, copa en mano, rodeado de empresarios, periodistas y políticos, parrandeando en el Festival Vallenato como si nada. Como si absolutamente nada.

Las fotos circularon en redes sociales y generaron, con razón, una oleada de indignación. Pero más que las fotos de Tapia bailando y bebiendo whisky Old Parr, lo que debería escandalizarnos es todo lo que esas imágenes revelan sobre el país que somos y la clase dirigente que toleramos.

Para quienes no recuerdan o prefieren olvidar, conviene repasar el expediente. Emilio Tapia no es un ciudadano cualquiera con problemas jurídicos menores. Es el hombre señalado como el cerebro detrás del caso Centros Poblados, el mayor escándalo de corrupción del gobierno de Iván Duque, y uno de los más vergonzosos de la historia reciente del país.

Un contrato para llevar conectividad a escuelas rurales, es decir, para reducir la brecha educativa de los niños más vulnerables de Colombia, terminó siendo el vehículo para robar miles de millones del erario público.

Fui yo quien destapó ese caso, y lo que encontré fue una trama de corrupción sofisticada, deliberada y despiadada. No fue un error administrativo ni una mala gestión, fue un robo planificado.

Pero es que ese no es el único capítulo oscuro en la historia de Tapia. Su nombre lleva años apareciendo en los círculos de la contratación irregular. En Bogotá fue conocido como el gran operador de los contratos y también protagonista del Carrusel de la Contratación. Siempre que hay plata pública que huele mal, el apellido Tapia no demora en asomar.

En este momento el también conocido como “zar de la contratación “ está en libertad condicional, pero no está exonerado,  ni está absuelto. Es importante recordar que Tapia sigue respondiendo penalmente por sus presuntos delitos porque aunque firmó un preacuerdo con la Fiscalía General de la Nación, ese órgano lo ha declarado responsable del entramado.

A pesar de eso, ahí estaba, en uno de los eventos sociales más concurridos del año, en la fiesta de una marca de licor premium, rodeado de la élite empresarial, mediática y política del país.

Él mismo emitió un comunicado para decir que no está haciendo nada malo, que tiene derecho a su vida social y, técnicamente, quizás tenga razón en lo jurídico. El problema es que este debate no es solo jurídico, es moral y es cultural.

Porque una cosa es que la ley le permita salir a la calle mientras enfrenta un proceso judicial, y otra muy distinta es que la sociedad lo reciba con los brazos abiertos como si fuera un empresario respetable más. Esa es la diferencia entre la impunidad legal y la impunidad social, y en Colombia las dos marchan juntas con una comodidad que asusta.

De todas formas, lo que hizo Emilio Tapia no es nuevo ni debería causar sorpresa o generar titulares de prensa con su nombre. El verdadero escándalo debería ser el conocer los nombres de las personas que estaban a su lado en esa fiesta., de los empresarios, que deberían saber con quién comparten mesa, los periodistas, que deberían tener memoria institucional y pudor profesional y, por supuesto, de los políticos que… Bueno de los políticos no esperamos nada.

¿Qué mensaje manda eso? Que en Colombia la corrupción tiene consecuencias judiciales lentas e inciertas, pero ninguna consecuencia social. Que basta con sobrevivir el proceso legal para que la élite te vuelva a abrir las puertas. Que la vergüenza pública no existe para quienes tienen dinero y contactos.

Las fotos muestran no solo a un hombre que parrandea, sino a todo un sistema que ya normalizó, se olvidó y hasta perdonó todo lo que hizo sin que él haya tenido muestras de arrepentimiento o que haya hecho una reparación. Que Tapia parrandee o no parrandee es, al final, lo de menos. Lo urgente es preguntarnos por qué seguimos invitándolo a la fiesta.

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