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EL ROSTRO DE LA VALENTÍA: LAS MUJERES QUE NADAN CONTRA LA CORRIENTE

EL ROSTRO DE LA VALENTÍA: LAS MUJERES QUE NADAN CONTRA LA CORRIENTE

Hoy, que se estrena un nuevo medio de comunicación dirigido por mujeres periodistas dedicadas a vigilar a los poderosos, no pude evitar pensar en todo lo que, como país, ignoraríamos si sus contundentes investigaciones no hubiesen salido a la luz. Los únicos felices serían quienes hoy están condenados por corrupción, pues estarían gozando de impunidad absoluta si las periodistas e investigadoras hubieran guardado silencio. Así como ellas, en Colombia hay miles de mujeres nadando contra la corriente, luchando por lo que de verdad importa. Ante ellas me quito el sombrero hoy.

Que en 2026 las mujeres podamos ser científicas, estudiantes, periodistas, empresarias, juezas, trabajadoras o políticas no ha sido fácil. Este país envejeció convencido de que las mujeres debíamos dedicarnos casi por naturaleza, y prioritariamente, a las tareas del cuidado, como la cocina y la crianza. De hecho, gran parte de la población aún sigue creyendo que “el deber de un hombre es ganar dinero; el deber de la mujer es cuidar del hogar y la familia”.

Hasta hace 72 años ni siquiera éramos ciudadanas plenas. Colombia fue de los últimos países en reconocer el voto femenino, en 1954. El sufragio femenino fue ejercido por primera vez en 1957, después de décadas de organización y resistencia de mujeres que insistieron en algo básico: su voz también contaba. Muchas de nuestras abuelas crecieron sin ese y otros derechos, trabajando, criando y sosteniendo hogares enteros sin poder decidir el rumbo del país que habitaban. La historia de las

mujeres en Colombia en este tiempo no es lineal ni perfecta, pero es enorme y, aunque nos falta mucho por delante, hemos avanzado.

Como si ser periodista, lideresa social o defensora de derechos humanos no fuese en sí mismo transformador, encontrar mujeres que desde aquellos espacios cuestionan, ejercen control y hablan de lo que nadie se atreve es valentía pura. A ellas hoy las quiero enaltecer con estas palabras.

Empecemos por decir que tenemos, por primera vez, a una mujer como defensora del pueblo. Respaldada por su amplia trayectoria académica y su genuina relación con organizaciones defensoras de derechos humanos, Iris Marín Ortiz es la principal voz que denuncia la terrorífica ola de violencia que azota a la población civil en el Catatumbo, en medio de las disputas territoriales entre el Frente 33 de las disidencias de “Calarcá” y el ELN. A Iris la han intentado callar de muchas formas: con amenazas directas, con recortes presupuestales en retaliación por su voz crítica y hasta con querellas por injuria y calumnia que no prosperaron. La Defensora ha sido incómoda para los violentos y para el Gobierno, al señalar, entre otras, la insuficiencia de las acciones del Ejecutivo para atender la crisis humanitaria en el Guaviare, el Catatumbo y el Chocó. De no ser por la Defensoría, el país ignoraría a los siete menores asesinados en un bombardeo del Ejército colombiano, en una operación en Calamar, Guaviare.

Otro ejemplo, quizás más colectivo, son las mujeres buscadoras, que llevan décadas buscando verdad, justicia y reparación para las más de 130.000 personas desaparecidas en el marco del conflicto armado. Las mujeres buscadoras acaban de lograr ser reconocidas, a través de la Ley 2364 de 2024, en su papel como constructoras de paz. Más del 70 % de las personas que buscan a los desaparecidos son mujeres que, a menudo, asumen procesos que implican excavaciones y largos procesos judiciales contra el Estado. A ellas les debemos la tipificación del delito de desaparición forzada y la creación de entidades como la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas (UBPD). El pasado diciembre, la organización de lideresas sociales elevó una carta exigiéndole al presidente Petro que reglamente aquella ley que tanto trabajo les costó sacar adelante. Una forma de honrarlas es apoyar esta exigencia.

Por último, quiero exaltar a las mujeres periodistas que, independientemente del Gobierno de turno y a pesar de la impunidad rampante, se resisten a guardar silencio ante los peores escándalos de corrupción y de violencia. Llenas de valor, deciden sacarlos a la luz contra viento y marea, así ello implique —muchas veces— poner su propia vida en riesgo. No podemos olvidar que en 2024 Colombia se llevó la vergonzosa medalla de plata en el top de países peligrosos para el periodismo. Jineth Bedoya, Paola Herrera, Paula Bolívar, entre muchas otras que, a veces con menor reconocimiento, están desde la reportería y la confianza en los testimonios de la gente del común indagando en esa cara de nuestra sociedad que nadie más quiere ver: a ellas, mi admiración. La mejor forma de reconocerlas es construir un periodismo libre de techos de cristal, con garantías para quienes decidan ser madres y periodistas al tiempo, y que entienda la necesidad de proteger sus voces ante la violencia en ascenso. Es decir, un periodismo muy diferente al actual. Hoy se inicia ese camino y me siento feliz de hacer parte de él, desde el Congreso, con estas palabras y desde donde la vida me ponga.

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