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Aprender a soñar otra vez
POR: Catalina Ramírez
Cuando tenía 5 años, la profesora de preescolar preguntó quién quería ser La Pobre Viejecita. Iban a hacer una presentación sobre el poema con el mismo nombre de Rafael Pombo. Nadie levantó la mano, pero yo no dudé en levantarla. Aún no puedo explicar por qué, pero sí me acuerdo perfectamente de ese momento.
Cuando aprendí a escribir, lo primero que quise escribir fue sobre el amor y las letras y cómo ellas se enamoraban. Mi papá todas las noches nos leía cuentos antes de dormirnos a mí y a mi hermano y, cuando le tocó irse a trabajar lejos, me dejaba casetes con cuentos para que yo los escuchara por las noches. Y Gaby, mi madrina, también me contaba cuentos; incluso cuando se enfermó, siempre tenía una historia, aunque después me di cuenta de que eran películas de los 90.
Y así empezó lo que se convirtió en una vida entera de amor profundo por las historias. Era un amor más grande que hacer el ridículo a los 13 años delante de todo el colegio en una obra de teatro. Yo actuaba de hombre o de lo que fuera. Jamás me olvido de cuando obligué a mis amigas a hacer una obra en nuestro conjunto residencial, algo que nos costó ser las chicas cool y nos convirtió en las niñas raras. Pero eso que sentía lo valía todo.
Nada más importaba cuando escribía, cuando actuaba, cuando grababa o contaba historias con mis barbies. Era como si a través de eso pudiera encontrar un enorme sentido a la vida. Pero, más allá de cualquier cosa, me hacía feliz. No buscaba la aprobación de nadie. Solo era feliz haciéndolo.
Mi primer trabajo en la industria del cine fue organizando DVDs en una productora. Luego me dio por aventurarme a editar. Muchos me dijeron que no lo iba a lograr, porque esos programas no eran fáciles de aprender, pero yo estaba determinada. Porque siempre fui una niña insegura de muchas cosas, de mi cuerpo y de mi personalidad, pero jamás insegura de algo: yo sabía contar una historia.
A los 25 años hice la locura más grande de mi vida. Me fui a Nueva York tan solo con el sueño de trabajar en cine y televisión. No tenía idea cómo lo iba a hacer, pero esa niña soñadora sabía que iba a encontrar la forma. Nada fue fácil. Mandé mi hoja de vida a cientos de lugares y no me respondieron de ninguno. Ofrecía mis servicios de editora, trabajé gratis y aun así me encontré en situaciones donde intentaron aprovecharse de mí.
Pero persistí. Mi mamá y mi papá siempre me enseñaron a soñar, y mi linaje soñador me impedía rendirme. Trabajé dobles turnos en restaurantes mientras buscaba una oportunidad, y quise renunciar mil veces mientras esperaba el bus en el invierno a menos cinco grados, pero como tantos inmigrantes en este país, persistí. Todo por un sueño.
Lo único realista era conseguir un internship. Apliqué a una productora y distribuidora de cine maravillosa con la que había soñado trabajar. Antes de la entrevista me estudié todo su catálogo. Entré nerviosa, con un inglés regular, pero convencida de que solo necesitaba una oportunidad. Y la conseguí.
Me dieron el internship en ventas internacionales. Pero yo nunca había hecho distribución de cine. No tenía idea qué era eso. Y tampoco quería hacer preguntas. Se me metió en la cabeza que iba a aprender como fuera.
Y fue duro. No entendía la mitad de lo que me decían. Palabras técnicas y acentos de inglés Neoyorkinos. Decía que sí a todo y luego veía cómo resolver. Google Translate se volvió mi mejor amigo. Mucha gente dijo que no iba a poder. Pero yo sabía que sí.
Por las noches estudiaba correos, términos, todo. Con el tiempo entendí algo clave: hablar español no era una desventaja, era una ventaja. Poco a poco me volví la mejor intern y me dieron un trabajo fijo. Dejé el restaurante y pude dedicarme a esto.
Aun así, fue difícil. Lloré muchas veces, pero siempre escondida en el baño. Para el entorno en el que estaba, parecía como si no fuera apta. No me alcanzaba el dinero y me tocaba vender almuerzos en la oficina para ayudarme. Pero siempre empujando hacia adelante. Yo sabía que sí era capaz.
La vida me llevó a lugares que jamás imaginé. Todavía recuerdo mi primer Festival de Cannes en el 2016. No conocía a nadie, pero fui a todo. Mi primera alfombra roja fue para una película de Pedro Almodóvar. Veía celebridades por las calles, terminaba en fiestas con gente que admiraba. Y poco a poco empecé a hacer amigos. Amigos del alma.
Cada año sentía que estaba más cerca de donde tenía que estar. Estaba produciendo historias que amaba, estaba llevándolas al mundo, y eso me hacía tremendamente feliz.
Y hubo mil decepciones, como pasa en muchas historias de amor. Me pasaron cosas que quizás hubiera querido que nunca me pasaran, se me rompió el corazón varias veces en varios pedacitos, pero el amor tan grande que sentía era como un pegamento mágico. Ese amor me daba fuerzas y siempre me levantaba.
Me mudé a Los Ángeles, como me lo había prometido cuando era adolescente. Había llegado finalmente a Hollywood, a caminar por las calles que mis ídolos caminaron.
Y entonces pasó algo que soñé muchas veces, pero no pensé que llegaría tan pronto. Me gané un Emmy por un documental producido con Hillary y Chelsea Clinton. Me acuerdo del día de la premiere en Toronto en 2022. Sentía que me miraba desde afuera, y veía a esa niña de 5 años que soñaba sin límites, sin pretensiones, solo por amor. Más allá del premio, era una promesa cumplida con esa niña.
Pero después vino otra cosa. Una presión intensa por mantenerme, por ser mejor y mejor. El cansancio de años sin parar. Las decepciones, el machismo, la xenofobia, lo que aunque no parezca, nos pasa a muchísimos en este país y sigue pasando muchísimo en esta industria, una industria que también ha venido pasando por momentos difíciles y complicados. Empecé a hacer las cosas desde la presión y el miedo, no desde el amor.
Sin darme cuenta, me di cuenta que estaba muy cansada. Cansada de soñar. Me olvidé de creer en mí.
El año pasado trajo cambios, y los cambios a veces son necesarios para reorganizar y replantearse cosas. La vida me puso en otra etapa laboral y eso me trajo cosas maravillosas. Pero también, en medio de mis crisis existenciales, mi mamá y mi papá me hicieron una intervención para despertar a la niña soñadora. Y me hicieron darme cuenta de algo: tenía que volver a lo que me hacía feliz. A volver a soñar sin miedo. No para demostrarle a los demás lo que puedo hacer, sino para demostrarme a mí que puedo hacerlo feliz. Y, sobre todo, a hacer las cosas desde el amor.
Desde esa crisis de no saber a dónde ir, entendí que tenía que reaprender a soñar. Volver al inicio. No hacer las cosas por presión, sino por amor.
Y recordarme, las veces que haga falta, por qué empecé este camino.
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