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Abelardo de la Espriella y el costo de incomodarlo

POR: Paola Herrera

Abelardo de la Espriella y el costo de incomodarlo

El abogado y candidato de la extrema derecha Abelardo de la Espriella no tolera que hablen de él o que lo cuestionen. Ese, más que un rasgo de personalidad, es hoy un problema público, sobre todo porque él aspira a la Presidencia de Colombia.

Lo que ocurrió en las últimas horas con la periodista Darcy Quinn vuelve a ponerlo en evidencia. Tras la revelación de un documento que lo vincula como abogado del llamado zar del contrabando, Diego Marín, la respuesta no fue una explicación de fondo ni un debate de cara al país. Fue, una vez más, una reacción desproporcionada que generó ataques personales a la comunicadora, descalificaciones y una avalancha digital orientada a desacreditar a quien informa.

Pero esto no empezó ahora, no es un episodio aislado ni reciente. Es un patrón que lleva años. No obstante, desde que empezó la campaña ha reaccionado igual o peor. Recordemos cuando Juanita León, desde La Silla Vacía, reveló la malla empresarial del hoy candidato, su reacción no fue explicar o controvertir con argumentos, sino escalar el conflicto.

Lo mismo ocurrió cuando la columnista Ana Bejarano escribió sobre su trayectoria profesional y su relación con Alex Saab y justo después de eso llegó el anuncio de acciones judiciales como respuesta inmediata.

Esos son solo algunos casos visibles pero la lista es más larga.  La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) ya había advertido sobre este comportamiento y en su momento señaló que “la acumulación de estos hechos permite identificar un patrón de comportamiento que afecta el ejercicio libre del periodismo y se convierte en hostigamiento”.

Además, según datos de la Fiscalía General de la Nación, también citados por la FLIP, entre 2008 y 2019 existían 109 casos en los que De la Espriella figuraba como denunciante por los delitos de calumnia e injuria. En varios de esos procesos, las razones de archivo incluyeron conducta atípica, falta de asistencia del querellante a conciliaciones y desistimiento de las querellas.

Por eso más que un dato, esto plantea un escenario incómodo y una pregunta clave y es ¿cuántas de esas acciones judiciales tenían realmente sustento y cuántas operaron como un mecanismo de presión? Porque el efecto, exista o no condena, es el mismo y se relaciona con instalar el miedo que seguramente en Colombia hoy todos los periodistas lo estamos sintiendo por ese acoso judicial.

Yo, por ejemplo, estuve a punto de no publicar nueva información sobre la relación abogado/cliente de La Espriella con alias Papá Pitufo. La revisé una y otra vez y pensé mucho en las consecuencias que eso podría tener para mí, en el desgaste, el costo personal y por supuesto profesional. Por eso, aunque sí lo hice, en algún momento consideré no hacerlo y caer en la autocensura.

El problema es que cuando el periodismo empieza a autocensurarse por temor a represalias, ya sean judiciales, digitales o reputacionales, es el país el que se afecta y la democracia empieza a perder una de sus pocas defensas reales y uno de sus activos más importantes.

Aquí no se trata de estar de acuerdo o no con un periodista, se trata del derecho de los ciudadanos a estar informados y de la obligación de quien aspira a gobernarlos de responder por su trayectoria. Creo que es justamente ahí donde está el punto central de esta situación y es que los comportamientos de De La Espriella son especialmente graves porque hoy no se trata solo de un abogado mediático, sino de una persona que quiere llegar a la Casa de Nariño a representarnos a todos los colombianos.

Quien quiera ser presidente debe aceptar el control, la crítica y el monitoreo a su gestión.  No puede, por ningún motivo, aspirar a un blindaje total y menos cuando los señalamientos tienen sustento.

Pero hay algo que me preocupa aún más y es el silencio por parte de muchos frente a esta situación. El periodismo y los medios no podemos acostumbrarnos a este tipo de prácticas, quedarnos callados y asumirlas como parte del paisaje. Porque es que aquí no se trata de cerrar filas por afinidad ideológica, sino de defender condiciones mínimas para poder trabajar.

Hoy es Darcy Quinn, ayer fueron otros y mañana puede ser cualquiera. Así como le hemos cuestionado al hoy presidente Gustavo Petro su mala relación con la prensa, su falta de respeto con los periodistas y los ataques a los que nos hemos visto expuestos cuando revelamos algo sobre su gobierno, también debemos rechazar esas formas de querer callarnos que vienen desde los candidatos presidenciales.

Somos un contrapeso que el país necesita, que siempre estará presente. Por esa razón,  los lideres o quienes quieren gobernarnos deben entenderlo así y darnos garantías para poder ejercer con tranquilidad y transparencia nuestro oficio.

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