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Salud mental: escuchar no es suficiente, hay que actuar

POR: María Leonor Sierra Almanza

Salud mental: escuchar no es suficiente, hay que actuar

Cada 10 de octubre, el mundo conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha que invita a examinar los avances, los desafíos y las responsabilidades que existen frente a una de las dimensiones fundamentales del bienestar humano. Sin embargo, más allá de las campañas de sensibilización y los mensajes que circulan durante esta jornada, persiste una pregunta necesaria: ¿estamos preparados para escuchar a quienes atraviesan problemas de salud mental y convertir esa escucha en acciones concretas?

Para 2026, la Organización Mundial de la Salud (OMS) propone el lema «Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real». El llamado pone en el centro a quienes han experimentado problemas de salud mental y reclama que su conocimiento no se limite al testimonio, sino que contribuya a las decisiones, las políticas públicas y la transformación de los servicios de atención.

Escuchar a una persona que atraviesa una dificultad de salud mental implica mucho más que oír sus palabras. Significa reconocer su experiencia sin minimizarla, evitar los juicios apresurados y comprender que no todo sufrimiento es visible ni puede explicarse desde la mirada de quien lo observa. También exige abandonar las respuestas automáticas, esas frases que, aunque a veces nacen de una buena intención, pueden terminar restándole importancia a lo que el otro siente. Escuchar supone estar dispuestos a comprender antes de aconsejar, a acompañar sin imponer y a reconocer cuándo el apoyo cercano debe complementarse con atención profesional. En materia de salud mental, la escucha no resuelve por sí sola todas las dificultades, pero puede convertirse en el primer paso para romper el silencio, reducir el aislamiento y facilitar la búsqueda de ayuda.

El mensaje plantea un desafío que trasciende la conmemoración: reconocer que las personas que han vivido estas experiencias tienen derecho a participar en las decisiones que afectan sus vidas. Escucharlas no puede convertirse en un acto simbólico ni en una estrategia ocasional de comunicación institucional. Debe traducirse en participación efectiva, atención digna y respuestas ajustadas a sus necesidades.

Las cifras ayudan a dimensionar el problema. Según la OMS, casi una de cada siete personas en el mundo vive con algún trastorno mental. Aunque existen alternativas eficaces de prevención y tratamiento, el acceso a una atención adecuada sigue siendo insuficiente para una parte importante de la población.

Estas cifras no son únicamente indicadores sanitarios. También plantean interrogantes sobre las condiciones sociales, económicas e institucionales que rodean el cuidado de la salud mental. La disponibilidad de profesionales, las barreras económicas, la oportunidad de la atención y la persistencia del estigma pueden determinar si una persona recibe ayuda a tiempo o continúa enfrentando su situación sin el acompañamiento que necesita.

En este escenario, la responsabilidad no recae exclusivamente en los servicios de salud. Los gobiernos deben fortalecer las políticas públicas y garantizar respuestas accesibles y de calidad; las instituciones educativas y los lugares de trabajo necesitan promover entornos protectores; y los medios de comunicación tienen el compromiso de informar con rigor, evitar la estigmatización y contribuir a una conversación pública más responsable.

También es necesario revisar la manera en que la sociedad entiende el sufrimiento psicológico. Con demasiada frecuencia, las dificultades emocionales se interpretan como falta de carácter, debilidad o incapacidad para afrontar la vida. Estos prejuicios pueden levantar barreras adicionales para quienes necesitan ayuda y reforzar el silencio alrededor de una realidad que merece ser abordada desde la salud pública y los derechos humanos.

La conversación, por supuesto, debe ir más allá de la prevención del estigma. Se requiere avanzar hacia modelos de atención centrados en las personas, que respeten su dignidad, promuevan su autonomía y faciliten el acompañamiento en sus comunidades. La recuperación no puede entenderse al margen de las condiciones de vida, las redes de apoyo y las oportunidades reales de acceder a servicios adecuados.

Detrás del estigma también hay silencios. Personas que aprenden a simular su sufrimiento por temor a ser juzgadas, que encuentran más fácil responder «estoy bien» que explicar lo que les sucede, o que aplazan la búsqueda de ayuda porque temen ser etiquetadas como débiles, incapaces o problemáticas. Los prejuicios no siempre se expresan mediante agresiones evidentes; a veces aparecen en comentarios aparentemente inofensivos, en comparaciones, en consejos que minimizan el dolor ajeno o en la exigencia de recuperar rápidamente una normalidad que no siempre es posible. El resultado puede ser una doble carga: afrontar el sufrimiento y, al mismo tiempo, intentar ocultarlo para evitar el rechazo. Por eso, hablar de salud mental también exige revisar nuestras palabras, nuestras actitudes y la manera en que respondemos cuando alguien se atreve a contar que no está bien. Nadie debería tener que fingir bienestar para conservar la aceptación de los demás, ni sentir vergüenza por necesitar ayuda. Romper el estigma comienza cuando dejamos de convertir el sufrimiento en motivo de juicio y empezamos a reconocerlo como una realidad que merece respeto, comprensión y atención oportuna.

Puedo dar fe de cada una de las palabras que aquí lees.  A mí también me intentaron silenciar, me llenaron de temor, me miraron con prejuicios y lo que lograron fue que entendiera que pedir ayuda es de valientes. Gracias a cada comentario inoportuno e inapropiado pude descubrir la fortaleza y la resiliencia que habitaba en mí y hoy me da la autoridad para ser testimonio y poder hablar del tema con claridad y coherencia.

Como abogada, sé que es sumamente urgente la creación de políticas públicas y la implementación de las mismas para la protección de la salud mental que es un derecho y como tal debe ser tratada. No hay un después. No hay un más adelante. Es ahora. Y para lograrlo se requiere la articulación entre todas las aristas del Estado en aras  de respaldar al sector de la salud y de proveer a los profesionales idóneos de los medios requeridos para que puedan llegar a toda la población y las cifras negativas no sigan aumentando sino por el contrario se puedan salvar más vidas.

Mi voz y mi presencia están más vivas que nunca y dispuestas a que el mundo nos conozcan. Ser testimonio de lo transitado me permite no desde el ego pero si desde el conocimiento exigir que se pase de la sensibilización a la participación y que seamos actores para el reconocimiento de la atención de la salud mental como un derecho fundamental.

El Día Mundial de la Salud Mental no debería agotarse en una fecha del calendario. Su verdadero alcance se medirá en la capacidad de las sociedades para reducir las barreras de acceso, combatir los prejuicios, fortalecer la atención y garantizar que ninguna persona sea excluida de las decisiones que afectan su bienestar.

Porque escuchar es el primer paso, pero transformar las condiciones que producen exclusión, silencio y falta de atención es un deber que no podemos seguir aplazando.

No sé lo que puedas estar viviendo o la situación que puedas estar atravesando pero sí puedo decirte que vas a poder. Del otro lado del miedo hay mucha vida y oportunidades. Te lo aseguro.

Con todo mi amor,

María Leonor Sierra Almanza

Abogada.
Magíster en Derecho Público.
Especialista en Derecho Público.
Especialista en Comunicación Pública.

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