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Petro, bájese del faro moral
POR: Paola Herrera
Qué enorme decepción terminó siendo Gustavo Petro. No porque Colombia haya tenido un mal gobierno, eso lo dirá la historia, sino porque quien llegó al poder prometiendo una revolución ética terminó tolerando las mismas prácticas que durante años denunció desde la oposición. Ese, quizá, será su mayor fracaso.
La verdad es un despropósito lo que está haciendo al cierre de su gobierno, qué ganas de hacerle daño al proyecto político de la izquierda. Una izquierda que creyó y le apostó al cambio, pero que en el actual presidente no pudo encontrar la materialización de la lucha contra la corrupción y las malas prácticas que han caracterizado diferentes administraciones.
Sé que muchos pueden pensar que era previsible todo lo que está pasando y todo lo que pasó en los últimos cuatro años del gobierno Petro. Aunque nadie nunca ha podido comprobar que él directamente se haya apropiado de recursos públicos, en su paso por la Alcaldía de Bogotá tuvo un comportamiento muy similar y su gestión no estuvo alejada de los escándalos.
Sin embargo, yo sí quiero decir que no. Que esto jamás se me pasó por la cabeza, que nunca me imaginé llegar al nivel en el que estamos hoy porque yo sí tuve en a la fe y la creencia en que la lucha por la dignidad social y por los derechos de todos iban a ser protagonistas en este mandato y bajo el liderazgo de alguien que nos enredó con el cuento de ser quien iba a proteger a los más débiles.
Pero eso no sucedió y, por el contrario, Petro se dedicó a creerse el último Aureliano, el mártir que puso en riesgo su vida y el caudillo que Colombia ahora debe adorar. En ese camino, sus intereses personales se le atravesaron al objetivo y su egoísmo, machismo y orgullo salió a relucir y fueron los verdaderos protagonistas.
No puedo creer que ese hombre que se paró tantas veces en el Congreso a hacerle control desde la oposición a los gobiernos de derecha, dejando en evidencia tantos casos de corrupción, sea ahora el que los permitió en su gobierno, el que se burló de los colombianos y, por favorecer a las personas que le sonríen y le aplauden como focas su gestión, dejó que hicieran lo mismo.
El caso de Juliana Guerrero, la mujer que logró un inmenso poder debido a su cercanía con el mandatario, es solo una prueba de que a Petro nunca le importó que hicieran de las suyas con los recursos que él prometió cuidar. Como si fuera poco, esta es la hora que no ha sido capaz de condenar las actuaciones de ella a pesar de que con pruebas se evidenció cómo negoció contratos y ejerció influencia en varias entidades del gobierno que él lidera.
¿Por qué la dejó?, ¿por qué la puso como su representante en la Universidad del Cesar aun cuando ya estaba llena de cuestionamientos por su falta de preparación y las irregularidades alrededor de su formación académica?. Es que ni a su hijo Nicolás lo defendió tanto como a esta mujer que no se sabe de dónde salió y quién se la presentó al presidente.
Mientras a Guerrero la defiende a capa y espada a Angie Rodríguez, otra funcionaria que guarda secretos de la gestión del ejecutivo, la acribilló y hasta fue capaz de burlarse y acosarla de loca. Algo digno de un machirulo que usa su poder para desprestigiar a las mujeres, a las que no cumplen con sus estereotipos.
Y claro que tiene estereotipos. Miren a Gabriela Muñoz, otra joven mujer que con solo 22 años y sin siquiera haberse graduado de un pregrado, hoy también ostenta un gran poder, con más de ocho familiares y amigos contratados en la Aeronáutica Civil que no tienen ni la experiencia ni la idoneidad para ocupar sus cargos. Ella, además, no tiene ningún problema de mostrar su cercanía con el mandatario.
¿Cómo es posible que desde los medios de comunicación llevemos más de seis meses denunciando las irregularidades en contratación dentro de la Aerocivil y el nepotismo de la señora Muñoz, y Petro no diga ni haga nada? Entonces, es una completa mentira lo que ha dicho sobre no permitir que sus funcionarios roben o dejen colar la corrupción en las entidades. Es incoherente su discurso con las prácticas que les permite a las Guerrero, a los Muñoz y quien sabe a cuántas familias cercanas más.
Bueno y ahora me pregunto ¿con qué cara Gustavo Petro va a liderar la oposición en este nuevo gobierno? ¿Cuál será el criterio que tendrá para dictar el futuro de la izquierda y para atreverse a cuestionar lo que otros hagan desde un faro moral que ya no está ni cerca de alcanzar?
Lo más grave de todo no es que Gustavo Petro pretenda culpar a la prensa por los escándalos que rodean a su gobierno. Lo verdaderamente preocupante es que un presidente que llegó al poder prometiendo proteger la democracia haya convertido al periodismo en el blanco de sus frustraciones. Hoy, en otro arrebato de estupidez política, se atrevió a insinuar que una periodista tiene responsabilidad en el suicidio del coronel Óscar Dávila. Eso no solo es una afirmación irresponsable; es un intento por trasladar culpas y desviar la atención de las decisiones de su propio gobierno.
Quien prometió defender la verdad terminó enfrentándose a quienes la investigan. Y así, después de cuatro años, Gustavo Petro no solo deja un país dividido. También deja una izquierda con mucho menos capital moral para exigir aquello que él mismo dejó de practicar.
Todas las conductas del presidente son una muestra de lo antidemocrático que terminó siendo. Sus excusas son apenas patrañas para justificar lo pasivo de sus actuaciones, las contradicciones en sus mensajes y lo burdo que fue su paso por Palacio.
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