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¿Por qué siempre volvemos a Cali?

POR: Laura García

¿Por qué siempre volvemos a Cali?

Por años pensé que el sueño estaba lejos, que había que irse, que para “lograrla” como periodista había que hacer maleta, dejar la casa, la familia, el calor y la costumbre, y probar suerte en una ciudad que exigiera más, que empujara más, que retara más.

Y ese sueño se cumplió: fui reportera en medios que alguna vez escuché desde mi casa, cubrí historias que muchos periodistas anhelan contar, caminé redacciones donde todo pasa muy rápido y donde cada minuto cuenta. Llegué a Bogotá, esa ciudad que forma, que endurece, que te obliga a crecer a las malas y a las buenas.

Pero hay algo que no te enseñan en ninguna facultad de periodismo: que uno también se construye desde el lugar al que pertenece. Yo lo entendí cuando volví…

Volví a Cali no como quien regresa derrotado, sino como quien regresa consciente, con la certeza de que crecer profesionalmente también puede ir de la mano con volver a las raíces, con estar cerca de la familia, con respirar ese aire que solo los caleños sabemos reconocer y extrañar profundamente cuando no lo tenemos.

Porque Cali se extraña distinto. Se extraña en los detalles, en la forma de hablar, en la manera en que la gente saluda, en esa calidez que no es un discurso sino una forma de vivir. Se extraña incluso en medio del caos, en medio de sus contradicciones, en medio de sus problemas.

Y es que, a pesar de ser una ciudad grande, una de las principales del país, Cali tiene algo que no pierde: sus costumbres.

Cali no es solo salsa, aunque la salsa la atraviese. Cali es mucho más que eso… Dicen que tiene su propio sonido. Y es verdad.

Es el canto de los pájaros al amanecer, pero también la campana del heladero que pasa por la calle. Es el pregón del ‘cholao’, el vendedor de chontaduro, el murmullo de la tarde caliente. Son sonidos que parecen simples, pero que cuando uno ha estado lejos y los vuelve a escuchar, tocan el alma. Porque ahí está la infancia, están los abuelos, está ese tiempo en el que, sin saberlo, lo teníamos todo.

Cali también se siente. Se siente en el calor que abraza, en ese viento que baja de los Farallones sobre las cuatro y media o cinco de la tarde y recorre la ciudad hasta que llega la noche. Se siente en sus atardeceres, que son difíciles de comparar, que parecen contar una historia distinta cada día y que invitan a detenerse, a mirar, a soñar.

Ella no es perfecta. Nunca lo ha sido. Es una ciudad que ha pasado por momentos duros, que en 2021 quedó suspendida en el tiempo, golpeada, señalada, incomprendida. Es una ciudad que carga con problemas estructurales de décadas, que muchas veces se le atribuyen únicamente a los gobiernos de turno, pero que en realidad son mucho más profundos.

Sin embargo, Cali tiene algo que no se rompe. Cali resiste… Resiste en su gente, en su capacidad de levantarse, en esa terquedad bonita de no rendirse. Resiste en quienes la critican todos los días, pero no se van, en quienes se fueron, pero siempre encuentran una excusa para volver.

Porque algo tiene esta ciudad. Aquí llega gente de todas partes: del Cauca, de Nariño, del Chocó, de otras regiones del país y también del mundo. Llegan quienes buscan una oportunidad, quienes buscan empezar de nuevo, quienes necesitan un lugar que no pregunte demasiado de dónde vienen.

Y Cali los recibe con sus puertas abiertas, con su mezcla de acentos y también con su humanidad intacta. Aquí conviven historias muy distintas: las de quienes han construido desde el bien durante años y también las de quienes han hecho daño, porque Cali, como toda gran ciudad, es compleja.

Pero también es profundamente generosa. Es una ciudad de oportunidades silenciosas, pero que cambian vidas, de esas que muchos no encontraron en otras capitales y que aquí, casi sin darse cuenta, terminaron encontrando. Por eso, a pesar de todo, Cali se defiende.

Se defiende porque se ama, porque quienes la hemos caminado de verdad entendemos que no es perfecta, pero es nuestra, que duele, pero también abraza, que cansa, pero también enamora.

Y sí, a veces abruma. A veces diciembre llega con una ciudad desbordada, con calles llenas, con una Feria que parece no tener fin, y uno mismo se pregunta si es demasiado. Pero incluso en esos momentos, cuando se escucha a la gente que viene de afuera decir “qué chimba esta Feria”, es cuando uno, como caleño, siente con más fuerza lo que significa esta ciudad. Qué bueno ser de Cali, qué delicia ser caleño y ver a otros enamorarse de lo que es nuestro. Ojalá esa sensación no fuera solo de diciembre, sino de todos los meses del año.

Tal vez Cali no es donde debas estar. Pero Cali es ese lugar donde puedes quedarte si la respetas, si la quieres y la asumes como se quiere lo propio. En un mundo donde todo pasa tan rápido, donde todo parece pasajero, Cali tiene algo distinto: no pasa, se queda.

Se queda en los sonidos que uno reconoce sin mirar, en el calor que no se explica pero se siente, en esos atardeceres que obligan a detenerse aunque la vida vaya tan rápido. Se queda en la memoria de lo que fuimos, en la forma en que crecimos, en lo que aprendimos a querer sin darnos cuenta.

Y cuando uno se va, lo entiende. Entiende que no era solo una ciudad, que era la manera de ver el mundo, de hablarle a los otros, de habitar la vida. Que era esa sensación tranquila de saber que, pase lo que pase, siempre hay un lugar que lo espera a uno como es.

Porque la suerte de irse puede existir, pero volver no es un plan: es una certeza.

Es volver a lo que no cambia, a lo que sostiene, a lo que, incluso en medio de todo, sigue estando ahí.

Eso es Cali… No perfecta, no fácil, no siempre justa. Pero profundamente viva. Y, sobre todo, profundamente nuestra.

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