BRAVA news
Lo que callé por 15 años
POR: Paola Herrera
Gracias. Eso es lo primero que tengo que decir. Este es un agradecimiento sincero a las mujeres que se atrevieron a levantar su voz y denunciaron a sus acosadores en Caracol Televisión, que aunque no son los únicos, los testimonios contra ellos sí están generando un precedente para que nunca más, ninguna mujer, tenga que callar.
Esa es la razón por la que yo hoy también me atrevo a hablar. No fue fácil decidirme a escribir esta columna. Lo pensé durante días, la empecé y la borré varias veces, también me pregunté si sí era el momento de contar, cómo hacerlo y si valía la pena volver a ese episodio que durante años preferí guardar en silencio.
En medio de tanta confusión también pensé en mis colegas, en las que siguen sintiendo miedo, duda o vergüenza y en las que creen, como alguna vez creí yo, que tal vez era mejor dejarlo así. No obstante, estos días he entendido que el silencio no protege a las víctimas sino a los agresores y aunque lo que a mí me pasó ocurrió hace más de 15 años, hoy decido contarlo porque creo, como lo han dicho muchas periodistas, no hay mejor momento para hacerlo y es hora de que todas podamos hablar.
En ese entonces yo había salido de un trabajo y estaba buscando uno mejor en el mundo del periodismo. Después de enviar hojas de vida a muchos lugares, un medio de comunicación, de esos que llaman masivos, me contactó. Me citaron a una entrevista con nada más y nada menos que el director de noticias. Yo era muy joven y tenía poca experiencia y muchos nervios, sin embargo, me motivé e ilusioné por esa importante oportunidad.
Al entrar al canal al día siguiente me enviaron directamente a la oficina de mi entrevistador. Él ya estaba ahí y recuerdo su mirada más que cualquier otra cosa., en mi memoria están sus ojos que iban de arriba abajo, con una insistencia que me incomodó pero que ignoré mientras empezó a hacerme preguntas de rutina.
En un momento se detuvo, se levantó, miró hacia afuera por una puerta de vidrio que separaba su oficina de las demás y salió. Cuando regresó me dijo que mejor siguiéramos la conversación en otro lugar, que tenía hambre y me invitó a desayunar. Hasta ese momento yo no sabía si ya tenía el trabajo o no y me fui con él creyendo que aún debía explicarme mis funciones y tareas.
Llegamos a una cafetería cercana y pedimos café. Entonces, el director de ese noticiero empezó a ofrecerme el cielo y la tierra en el canal y mientras hablaba, se acercaba cada vez más. De repente sentí su mano en mi pierna, por debajo de mi falda, y empezó a acariciarme.
Me quedé paralizada, sentí miedo y me puse a temblar. La primera reacción que tuve fue quitarle la mano y levantarme. Mi esfuerzo fue en vano porque me agarró del brazo de forma brusca, me volvió a sentar, puso su mano de nuevo en mi pierna, pero esta vez más arriba, y me dijo “tranquila, nada te va a pasar”.
Pero sí estaba pasando algo y yo ni sabía qué hacer. No supe cómo actuar frente a un hombre mucho mayor, poderoso y alguien que en ese momento tenía en sus manos la posibilidad de darme un trabajo.
Entonces me levanté otra vez de la silla. Sentí vergüenza, como si alguien pudiera haber visto algo, aunque yo no había hecho nada y le pedí que nos fuéramos. Mientras regresamos a la oficina me dijo que me esperaba para empezar a trabajar y pese a que yo le respondí diciéndole que iba a preparar mis papeles, nunca regresé a ese lugar.
Y no hablé de esto con nadie, durante años lo guardé pero no lo olvidé. Lo recordé cada vez que llegué a una nueva redacción, cada vez que vi comportamientos que se parecían demasiado, cada vez que escuché historias que confirmaban que lo mío no había sido un caso aislado y a que todas mis amigas, colegas y conocidas les había pasado algo similar.
Hoy, en medio de tantos testimonios de mujeres periodistas, queda claro que esto no se trata de hechos individuales. Es un patrón, un sistema sostenido por el poder, el miedo y la permisividad dentro de los medios. Porque estos hombres no actuaron solos, actuaron en entornos que los protegieron, los encubrieron o, en el mejor de los casos, decidieron no ver.
Son hombres intocables, “vacas sagradas” del periodismo, referentes públicos y voces respetadas que detrás de cámaras son definitivamente otra cosa a la que se ve. Por ejemplo, esa persona acosadora que atentó contra mí era el director de noticias y lo siguió siendo durante muchos años más. Como varios, es él uno de los que sigue al aire, dirigiendo, decidiendo quién entra y quién no entra a este oficio.
Sé que muchos se preguntarán por qué no digo su nombre. La respuesta es incómoda pero real y es porque no tengo cómo probarlo, porque en ese momento no grabé, no denuncié y no hubo testigos. Porque como tantas otras mujeres, lo que me quedó fue el recuerdo y el impacto de lo que pasó.
Pero el hecho de que no pueda nombrarlo no significa que no haya ocurrido, ni significa que deba seguir callada. Esto no se trata solo de nombres propios, se trata de desmontar una lógica de poder que permitió que estos comportamientos fueran tolerados durante años.
Celebro que estemos en un camino que nos conduce hacía el fin de las vacas sagradas que no debe ser solo una consigna sino un punto de quiebre. Porque ningún nombre, ningún cargo, ninguna trayectoria está por encima de la dignidad de una mujer.
De mi parte, me comprometo a trabajar para construir redacciones donde ninguna periodista tenga que elegir entre su carrera y su integridad. Espero que algún día podamos garantizar que nunca más una joven llegue a una entrevista de trabajo y tenga que salir de ahí sintiendo que su cuerpo fue parte de la negociación.
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