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El enemigo imaginario de la contienda

POR: Laura Rodríguez

El enemigo imaginario de la contienda

La falsa alarma durante el paro nacional del 2019 de que “se estaban metiendo a los conjuntos” fue un ejemplo perfecto del alcance que tienen el pánico y la desinformación en la sociedad colombiana. El miedo mueve montañas. En ese entonces logró que aparecieran vecinos uniformados con camisetas blancas y armados con palos de escoba y una mezcla de paranoia y sentido del deber listos para defender a los suyos de un enemigo imaginario que nunca llegó.

Ahora, siete años después, en el 2026, todo apunta a que ese mismo pánico puede poner presidente. Porque ese presidente también llega, en buena medida, gracias a que miles de personas se han unido contra otro enemigo imaginario: el supuesto “candidato guerrillero”.

Y vale la pena decirlo de entrada: existe Iván Cepeda, pero no existe el “candidato guerrillero”. A veces es mejor llamar las cosas por su nombre para no repetir errores como el de los conjuntos.

Cepeda nunca ha pertenecido a un grupo insurgente, así que, ni es ni tiene un pasado guerrillero que cargar como una cruz. Pero como en Colombia hacemos maromas argumentativas para sostener los prejuicios que queremos creer, como no fue guerrillero, entonces se dice que es comunista.

Pues, aunque ser comunista no convierte automáticamente a alguien en “guerrillero” o “proguerrilla”, cabe aclarar, además, que Cepeda ni siquiera lo es. No es comunista. Tampoco es ‘castrochavista’, un concepto ya mandado a recoger y cuya mayor prueba de agotamiento es que, después de cuatro años de un gobierno de izquierda, no nos convertimos ni en Venezuela ni en Cuba.

Sí, creció en un hogar profundamente marcado por la ideología comunista, porque su padre sí era un fiel creyente y un destacado miembro del Partido Comunista; y, por ende, Iván inició su formación política en ese partido. ¿Pues cómo no? Uno no escoge el hogar en el que nace ni las primeras ideas políticas que lo rodean. Lo que sí escoge es el camino que toma después, como se espera de cualquier persona que desarrolla un criterio propio.

Ese camino empezó, precisamente, con su renuncia a las Juventudes Comunistas. Después de estudiar filosofía en Bulgaria, regresó desencantado de la experiencia del comunismo soviético y se acercó a la Unión Patriótica, particularmente al ala que representaba Bernardo Jaramillo Ossa: la socialdemócrata, la que rechazaba la combinación de las formas de lucha y apostaba por la paz y la vía democrática.

Partido que, no sobra recordar, fue tan estigmatizado y perseguido que terminó protagonizando el peor exterminio político de nuestra historia: más de cinco mil de sus miembros fueron asesinados. Qué triste constatar que, después de tanta sangre, todavía sigamos recurriendo a los mismos fantasmas y a las mismas etiquetas para descalificar al contradictor político.

Pero hay más maromas argumentativas, por supuesto: que era amigo de Santrich e Iván Márquez. Empecemos por algo elemental: ¿qué hace que alguien sea considerado un amigo?

Yo, personalmente, considero amigo a alguien con quien tengo un vínculo lo suficientemente sólido como para tomarme una pola un viernes porque tengo un bajón. Amigo no es el criminal con el que me siento a negociar la paz de mi país para que haya menos muertos. Amigo no es el hombre con el que me tomé una foto en el marco de unos diálogos de paz. Amigo no es el criminal con el que me reúno porque la alternativa es seguir contando víctimas.

No hay prueba alguna de que Iván Cepeda sea o haya sido amigo de esos personajes que tanto daño le han hecho a nuestro país con su lucha armada. Por el contrario, Cepeda ha sido siempre fiel a un principio de paz y no violencia.

Su lucha se ha dado desde la academia —fue profesor de la Javeriana, una universidad privada que no es precisamente un semillero de la revolución bolchevique—; desde la defensa de los derechos humanos, al punto de donar los más de mil millones de pesos de indemnización por el asesinato de su padre a las víctimas de la UP; y desde la política, con una trayectoria sólida como senador y sin un solo escándalo o imputación por corrupción; y eso, desgraciadamente, es mucho decir de un congresista en nuestro país.

Tampoco te convierte en guerrillero que las FARC hayan decidido ponerle el nombre de tu padre —asesinado y víctima del conflicto— a uno de sus frentes. Si así funcionaran las cosas, entonces los grupos armados tendrían el poder de escoger quiénes son sus aliados y quiénes no con solo bautizar un campamento con un nombre ajeno. Y, pues, evidentemente no funciona así.

Aun así, el senador Jota Pe Hernández presentó ese hecho hace poco como si fuera una gran revelación nivel descubrir que uno de los candidatos recibió dinero de Alex Saab. Pero bueno, esa es la calidad de debate de algunos de nuestros honorables parlamentarios.

Otro tejemaneje que se repite bastante y alimenta al enemigo imaginario: los famosos audios de Calarcá que mencionan a Cepeda.

Lamento que las cosas sean tan simples y que se les caiga tan fácil toda esta narrativa del terror, pero es que este sí es bastante sencillo: el audio es falso. Lo envió un criminal que está preso y que, además, no está relacionado con esas disidencias. Iván Cepeda ha rechazado y denunciado tajantemente cualquier apoyo de grupos armados y cualquier intento de injerencia de estos grupos en las elecciones. Ha insistido en que ningún actor armado debe intervenir en la contienda democrática.

Los hechos pueden terminar siendo bastante más aburridos que el fantasma que se quiere vender y ese también es un problema grande.

Y como estas maromas son muchas más de los que puedo explayar en una sola columna, acá va la última que nunca falta: las menciones a Iván Cepeda en los computadores de Raúl Reyes. Sí, Interpol certificó que los archivos no fueron alterados después de su incautación. Lo que nunca certificó fue que todo lo que allí se decía fuera cierto. Porque una cosa es que un correo exista y otra muy distinta es que su contenido sea verdadero. Y, por si fuera poco, en esos archivos las FARC hablan de intentar influir en una marcha convocada por el Movice; no prueban que Cepeda coordinara con ellas ni que existiera una relación de complicidad.

Si la mera mención en un correo bastara para demostrar una alianza, entonces habría que concluir que todas las personas de las que las FARC hablaron, criticaron, quisieron infiltrar o intentaron instrumentalizar eran automáticamente sus aliadas. Y, pues, evidentemente, así no funciona ni la lógica ni el derecho.

Me atrevo a encimar un bonus track que ya no hace parte de las tantas mentiras que intentan catalogar a Cepeda como “guerrillero”, pero que sí contribuye a la imagen de terror que orbita a su alrededor: la constituyente.

Yo sí creo y estoy convencida de que, aunque  Petro es el líder del movimiento político y social que hoy respalda a Cepeda, son dos personas distintas y Cepeda no es un títere más. Sé que hemos visto casos. Este, me parece, no es uno de ellos.

Algunos miembros del Gobierno Petro, equivocada y bochornosamente, promovieron la idea de una Asamblea Nacional Constituyente. Iván Cepeda no ha sido uno de ellos. Si bien en algún momento no la descartó de plano, dejó claro que su primera opción sería convocar a todos los sectores a dialogar para construir un gran acuerdo nacional. ¿Algo más democrático y limpio que intentar sentar a quienes piensan distinto en una misma mesa?

Pero bueno, de igual forma, y para tranquilidad de muchos, la idea de una constituyente está completamente por fuera de su plan de gobierno.

También podemos acogernos a los hechos: Petro no hizo una constituyente ni intentó reelegirse desconociendo las reglas democráticas. No como sí ocurrió con Uribe, quien modificó la Constitución para habilitar la reelección presidencial. Demócrata también, por supuesto.

Esta elección, quizá más que muchas otras, ha estado marcada por el voto útil y no por el voto de opinión, el voto “en contra de”. Se vota menos por proyectos políticos y más contra este tipo de enemigos imaginarios. Eso debería preocuparnos.

Mientras un candidato gana respaldo gracias a promesas que sí requerirían profundas modificaciones constitucionales —como retirar a Colombia de algunos organismos internacionales—, el otro pierde terreno por fantasmas construidos alrededor de su nombre.

Fantasmas que podrían disiparse con un poco más de memoria, de pensamiento crítico y de disposición a hacer algo innovador en estos tiempos: leer algunas páginas, hacer dos búsquedas en internet y resistirse a compartir el primer mensaje alarmista que llega al celular.

Porque la democracia no solo se erosiona cuando se cierran las instituciones o se desconocen las reglas del juego. También se desgasta cuando el miedo reemplaza a la deliberación y la mentira termina siendo más poderosa que los hechos.

En fin… todo puede pasar. Nada está escrito.

Pero ojalá Colombia no vuelva a caer en la broma de los conjuntos y los enemigos imaginarios. Ojalá esta vez estemos a la altura de una sociedad que dice valorar la democracia y que entiende que el miedo, cuando se convierte en método para hacer política, termina siendo el enemigo más peligroso de todos. Porque, al final, entre “se nos metieron a los conjuntos” y “se nos metió un guerrillero a la Presidencia” hay algo en común: el enemigo nunca estuvo ahí. El pánico sí.

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