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El colombiano: la víctima perfecta

POR: VIOLETA MEJÍA

El colombiano: la víctima perfecta

Como colombianos nos hemos acostumbrado a ocupar el lugar de víctima.
Vivimos señalando al otro. Al político que no trabaja, al gobierno que no ejecuta, a los precios que solo suben. La conversación pública gira, una y otra vez, en torno a la culpa de terceros.

Y así entramos en un círculo vicioso del que parece imposible salir: nos quejamos, culpamos, indignamos… y vuelve a comenzar.

Lo absurdo es que, en medio de esa indignación permanente, olvidamos que tenemos una de las herramientas más poderosas para cambiar eso que tanto criticamos: el voto.

Un derecho que hoy millones de personas en el mundo no tienen el lujo de ejercer.

No podemos quejarnos si no salimos a votar.

No podemos quejarnos si dejamos que otros decidan por nosotros.

No podemos exigir cambios profundos si estamos dispuestos a vender nuestro voto por un televisor, una teja o el piso nuevo de su sala (caso de la vida real).

Es más fácil señalar que mirarnos al espejo. Más fácil pensar que el problema siempre está afuera. Pero la realidad es incómoda: el futuro del país también depende de nosotros.

Depende de nosotros votar a conciencia.
Depende de nosotros elegir distinto.
Depende de nosotros dejar de ver la política como una guerra permanente donde el que piensa distinto se convierte automáticamente en el enemigo.

Porque, al final, los colombianos queremos cosas muy parecidas: seguridad, oportunidades, justicia, un país donde valga la pena vivir. Se nos ha convencido de que no podemos hablar con el otro si piensa distinto. Y mientras seguimos peleando entre nosotros, esos que tanto criticamos van a seguir ganando.

Por eso es importante votar.
Votar al Congreso.
Votar en las consultas.

Votar en la primera y en la segunda vuelta presidencial.
Porque si los ciudadanos del común —usted y yo— no cambiamos nuestra forma de ver la política, vamos a seguir atrapados en el mismo ciclo: indignarnos cada cuatro años para después volver a quejarnos.

Y mientras tanto, pasan cosas como la que hoy indigna a muchos colombianos: ver a Wadith Manzur, candidato al Senado por el Partido Conservador y uno de los congresistas investigados en el escándalo de corrupción de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, haciendo campaña incluso a partir de la tragedia que vive Córdoba.

Una tragedia que pudo haberse manejado de otra manera si no fuera porque, según las investigaciones, la UNGRD habría entregado dinero a congresistas a cambio de favores políticos: contratos, conceptos favorables, votos en el Congreso.

Ese es el problema.

Pero también es un recordatorio.

Si no participamos, si no votamos, si no exigimos con nuestro voto, otros seguirán decidiendo por nosotros.

Y entonces sí: seguiremos siendo la víctima perfecta.

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