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COLOMBIA DESPERTÓ RUGIENDO MUCHO ANTES DE LLEGAR A LAS URNAS

POR: Catalina Suárez

COLOMBIA DESPERTÓ RUGIENDO MUCHO ANTES DE LLEGAR A LAS URNAS

Muchos intentarán explicar el triunfo de Abelardo de la Espriella a partir de los debates, las encuestas o los errores de sus adversarios. Creo que todos llegan tarde a la explicación. Lo que ocurrió en esta elección comenzó mucho antes de que arrancara la campaña. Cuando los colombianos llegaron a las urnas, buena parte de la decisión ya estaba tomada porque el fenómeno Abelardo no nació en 2026: llevaba años construyéndose.

 

Ese es quizá el error más frecuente de quienes aún observan esta elección únicamente como una competencia entre candidatos. Lo que vimos fue algo más profundo: la aparición de un movimiento político capaz de interpretar un estado de ánimo nacional que muchos no vieron o no quisieron ver. Mientras buena parte de la dirigencia seguía hablando de ideologías, trincheras y disputas partidistas, millones de colombianos estaban preocupados por la seguridad, el costo de vida, las oportunidades económicas y el agotamiento frente a una polarización permanente.

 

Abelardo entendió antes que nadie que las elecciones modernas no se ganan únicamente con programas de gobierno. Se ganan interpretando emociones. Por eso construyó una narrativa alrededor de símbolos que muchos analistas despreciaron y que terminaron siendo extraordinariamente poderosos: la familia, el patriotismo, la camiseta de Colombia, el tigre y la idea de recuperar el orgullo nacional. No buscó parecer un candidato perfecto. Buscó convertirse en una historia en la que millones de personas pudieran verse reflejadas.

 

Su mayor acierto fue la disciplina estratégica. Mientras otros cambiaban de mensaje según la coyuntura, él mantuvo una línea clara desde el principio: construir una mayoría popular. Entendió que ninguna elección presidencial se gana únicamente desde las élites o desde las redes sociales. Había que salir a conquistar a las clases medias, a las clases trabajadoras y a quienes sienten todos los días los efectos de las decisiones públicas. Mientras muchos buscaban ganar una elección, Abelardo estaba construyendo una base social.

 

La campaña de Iván Cepeda hizo exactamente lo contrario. Cometió un error estratégico que probablemente será estudiado durante años: creyó que estaba construyendo una mayoría cuando en realidad estaba administrando una base. Confundió movilización con expansión. Confundió identidad con emoción. Y en política esas diferencias son decisivas.

 

Durante meses intentó replicar fórmulas que funcionaron en otro momento histórico sin comprender que el país había cambiado. Pareció asumir que bastaba con activar los mismos reflejos políticos que llevaron a Gustavo Petro al poder, cuando la sociedad ya estaba haciendo otras preguntas y buscando otras respuestas. Nunca logró construir una narrativa capaz de entusiasmar a quienes estaban por fuera de sus fronteras naturales. No logró convertir a su fórmula vicepresidencial en un símbolo movilizador, no logró

 

transmitir una visión emocional de futuro y tampoco logró generar una conversación que trascendiera a los ya convencidos.

 

Mientras Abelardo contaba una historia, Cepeda explicaba un proyecto. Mientras uno despertaba emociones, el otro organizaba argumentos. Mientras uno hablaba de esperanza, orgullo y pertenencia, el otro quedó atrapado entre discursos ideológicos y una permanente necesidad de justificarse. Las campañas ganadoras rara vez se explican demasiado. Las campañas ganadoras se sienten.

 

A ello se sumó un problema visible para propios y extraños: la incapacidad de ampliar la coalición más allá de sus círculos habituales. La campaña parecía más preocupada por administrar protagonismos internos que por conquistar nuevos sectores sociales. En demasiadas ocasiones la discusión giró alrededor de quién ocupaba el centro de la tarima y muy pocas veces alrededor de cómo conquistar a quienes todavía tenían dudas. El ego terminó ocupando espacios que debieron estar reservados para la estrategia.

 

Por eso creo que la gran noticia de esta elección no es únicamente la victoria de Abelardo de la Espriella. La verdadera noticia es la construcción de un movimiento popular que probablemente seguirá existiendo después del escrutinio. Durante años se insistió en que ciertos sectores tenían el monopolio de la movilización social y de la calle. Esta elección parece demostrar algo distinto: existe una mayoría silenciosa que también aprendió a organizarse, a expresarse políticamente y a defender democráticamente sus convicciones.

 

La verdadera dimensión del fenómeno Abelardo apenas comenzará a medirse después de las elecciones. Porque su principal activo no será llegar a la Casa de Nariño. Su principal activo será haber construido una conexión emocional con millones de colombianos que durante años sintieron que la política se hacía sin ellos y para otros. Esa legitimidad popular puede convertirse en uno de los mayores factores de estabilidad para el país frente a quienes siguen creyendo que la confrontación permanente es la única forma de hacer oposición.

 

Si algo demostró esta campaña es que el tigre logró construir algo más valioso que una candidatura: una mayoría que se reconoce a sí misma. Una mayoría que encontró símbolos comunes, una narrativa compartida y una idea de país alrededor de la cual movilizarse. Y cuando eso ocurre, las elecciones dejan de ser únicamente una disputa por el poder para convertirse en la expresión de un cambio cultural más profundo.

 

Quizá por eso el verdadero triunfo del tigre no sea electoral. Quizá sea haber demostrado que todavía es posible construir una mayoría alrededor de símbolos compartidos, de una idea de nación y de una esperanza colectiva. Porque mucho antes de que llegaran las urnas, Colombia ya había empezado a rugir.

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