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La trampa de exigir que la prensa tome bando

La trampa de exigir que la prensa tome bando

En las últimas horas se abrió un debate incómodo pero necesario en el país: ¿deben los medios de comunicación confesar su afinidad política?

La discusión surgió luego de que una investigación periodística incomodara a un candidato presidencial, quien no solo rechazó su contenido, sino que afirmó que los medios deberían declarar abiertamente de qué lado están. El argumento parece, a primera vista, una defensa de la transparencia. Pero en el fondo encierra una trampa peligrosa para la democracia.

Y es que lo que hizo el candidato, a mi juicio, fue victimizarse y trasladar la discusión desde el contenido de la investigación hacia una supuesta alianza política entre el medio y sus detractores. Eso, además de estratégico, es profundamente injusto.

Y lo es especialmente si se tiene en cuenta de dónde proviene la investigación. No estamos hablando de una columna de opinión ni de un editorial. Se trata de periodismo investigativo, realizado por una periodista con una trayectoria reconocida, que ha publicado decenas de trabajos incómodos para distintos gobiernos y para múltiples sectores ideológicos, no solo para el que hoy representa Cepeda. Se puede discutir el método, se pueden cuestionar decisiones editoriales, incluso señalar errores si los hubo, pero de ahí a afirmar que existe una intención política deliberada hay un trecho enorme.

Es cierto que desde el periodismo de opinión muchos reconocen que los medios tienen sesgos. Ya no vivimos en la ilusión de una objetividad absoluta. Las audiencias saben, y a veces identifican con claridad, qué piensan ciertos directores, qué defienden algunos columnistas y cuáles son las líneas editoriales predominantes.

Esta mañana, conversando con el profesor Omar Rincón, él decía que todos los medios son militantes y que deberían decirlo abiertamente, como ocurría en otros tiempos cuando los grandes periódicos se asumían liberales o conservadores y los lectores sabían dónde ubicarse. Pero trasladar esa lógica al periodismo investigativo, para mí, es peligroso.

Porque entonces, ¿dónde quedamos quienes investigamos? ¿Solo podríamos poner la lupa sobre quienes estén en la orilla política contraria a la línea editorial del medio? ¿Si aparece un escándalo que involucra a alguien cercano ideológicamente a la redacción, deberíamos callar para no “traicionar” nuestra supuesta militancia?

El periodismo investigativo no debe estar relacionado ni comprometido con una ideología política. Y sí, creo que la imparcialidad, no como neutralidad ingenua, sino como método riguroso y honesto, puede sobrevivir en medio de la polarización. Eso se logra contrastando fuentes, verificando datos, sometiendo la información a escrutinio, publicando aunque incomode, incluso cuando incomoda a quienes uno podría simpatizar ideológicamente.

El periodismo no es lo mismo que activismo. Aunque existen directores, editores y jefes de redacción que juegan abiertamente en el terreno político, también somos muchos los que trabajamos con un único compromiso de perseguir la verdad, venga de donde venga.

Además, como me decía también la profesora Olga González, el ejercicio de los medios no debería consistir en “darle al público lo que pide porque esa lógica no conduce a buen periodismo”. El público puede pedir odio, puede pedir confirmación de prejuicios, puede pedir espectáculo y eso no significa que el medio debe producir basura para tenerlos contentos.

No se trata de creernos impolutos ni faros morales. Se trata de acostumbrar a la audiencia a una idea básica que he repetido muchas veces y es que no estamos para confirmar sus sesgos ni para decir lo que quieran escuchar. Estamos para contar lo que encontramos.

Por supuesto que hay que exigir transparencia, saber quién financia un medio, cuáles son sus conflictos de interés, cuáles son sus vínculos empresariales. Eso fortalece la confianza. Pero transparencia financiera no es lo mismo que asumir una afiliación política como si se tratara de un partido.

Además, es muy peligroso que un político se escude en una supuesta “persecución” mediática para evitar responder por lo que se está revelando. Si normalizamos que cada investigación incómoda pueda desestimarse bajo el argumento de que el medio pertenece a “un bando”, entonces ningún ejercicio de control o veeduría será tomado con la seriedad que requiere.

Si aceptamos que los medios deben declararse oficialmente de un lado o del otro en el espectro político, el efecto inmediato será que cada investigación quedará reducida a una disputa partidista. Ya no se debatirá la evidencia, sino la etiqueta. No se analizarán los hechos, sino la supuesta intención. El mensaje perderá peso porque el mensajero ya habrá sido clasificado.

He trabajado muchos años en periodismo investigativo. Me han señalado de tener posturas políticas, de favorecer a unos y atacar a otros. Pero puedo decir con claridad que mi lupa no distingue colores. Investigar no es militar. Y reducir cada hallazgo a una etiqueta ideológica es una forma eficaz de diluir la gravedad de los hechos y que, como siempre pasa en este país, nadie responda por lo que hace.

 

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