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El mito del “centro” frente a genocidios, violencias y desigualdades

El mito del “centro” frente a genocidios, violencias y desigualdades

En un debate reciente de la “centroderecha” colombiana, pudimos ver cómo siete de los nueve candidatos a la presidencia respondieron que no consideraban como un genocidio las acciones militares que Israel ha ejercido contra el pueblo palestino. Solamente los candidatos Juan Daniel Oviedo y Aníbal Gaviria respondieron que sí lo consideraban como tal.

Resulta sorprendente que una crisis humanitaria de tal magnitud, televisada ante los ojos de todo el mundo, sea negada de una manera tan cínica y contrariando toda evidencia, ignorando los pronunciamientos de organizaciones como la ONU, Amnistía Internacional y la Corte Penal Internacional, así como la evidente violación al derecho internacional y a los derechos humanos. Nos encontramos en tiempos bastante curiosos, en los que la fobia a lo “woke” y a la izquierda es tan extrema que permite que personas que afirman ser de centroderecha nieguen los hechos, simplemente porque no quieren estar del mismo lado de personas ideológicamente contrarias a ellas.

¿Desde cuándo hemos permitido que un genocidio sea bandera de una ideología? No debería serlo. Sencillamente, por empatía básica, deberíamos entender que no está bien que un país con la potencia armamentística que tiene Israel, y con su capacidad destructiva, literalmente arrase con una población, bombardeando indiscriminadamente a la población civil, destruyendo hospitales y colegios, impidiendo el ingreso de ayuda humanitaria y manteniéndola totalmente acorralada y sin escapatoria.

La evidencia que posiciona esto más allá de una “crisis” o un “conflicto” es clara para muchas organizaciones especializadas. En septiembre de 2025, una Comisión Internacional Independiente de Investigación, creada por la Asamblea General de la ONU, concluyó que las autoridades y fuerzas de Israel han cometido actos que encajan en cuatro de los cinco elementos del genocidio definidos en la Convención de 1948, incluyendo el asesinato de miembros de un grupo nacional y el sometimiento deliberado de la población a condiciones de vida que, calculadamente, llevarían a su destrucción total o parcial. Esta comisión afirmó que existe “intención de destruir, total o parcialmente, a los palestinos de la Franja de Gaza como grupo”.

Además, organizaciones como Amnistía Internacional también han evaluado que las acciones israelíes encajan con actos prohibidos por la Convención sobre el Genocidio, como la “matanza, lesión grave o sometimiento intencional a condiciones de existencia que acarrean destrucción física”. Asimismo, a nivel de la comunidad experta, grupos como la Asociación Internacional de Expertos en Genocidio (IAGS), el principal organismo académico mundial en la materia, han adoptado resoluciones afirmando que las políticas y acciones en Gaza cumplen con los criterios legales de genocidio, también por la negación sistemática de recursos esenciales para la supervivencia de la población.

Lo más preocupante de todo esto es que, a estas alturas, las cifras ya son de conocimiento público, y puede sonar hasta redundante repetirlas. Se quedan en abstracto como una estadística más, y muchos de quienes aspiran al poder en nuestro país parecen ser totalmente indiferentes a esta realidad y a este sufrimiento. Según los registros del Ministerio de Salud de Gaza, respaldados por la ONU y organismos humanitarios, más de 71.000 palestinos han muerto desde octubre de 2023, una cifra que altos responsables israelíes han aceptado como “ampliamente precisa” en enero de 2026, y en la que una proporción abrumadora son civiles, incluidos miles de mujeres y niños. ¿No es suficiente? ¿Qué más tiene que sufrir el pueblo palestino para que los impolutos morales del centro y de la derecha colombiana se dignen a llamar las cosas por su nombre?

Si Israel fuera gobernado por ideologías de izquierda o por una teocracia islámica, contrariando los intereses de Estados Unidos, ¿el relato occidental sería el mismo?

Probablemente no. Porque la historia nos ha evidenciado que el apoyo militar de Estados Unidos a distintos países no es una cuestión de apoyar la democracia e ir en contra de regímenes autoritarios. Esa es la historia que nos han querido contar y que, sorprendentemente, algunos se creen sin antes hacer un mínimo ejercicio crítico al respecto. Basta mirar las alianzas contemporáneas y pasadas: Arabia Saudita, Egipto, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, entre otros, todos con graves problemas de libertades políticas y derechos humanos documentados, son considerados aliados estratégicos y receptores de cooperación militar, ejercicios conjuntos y grandes ventas de armas por parte de Estados Unidos. No hay evidencia de ningún abanderado del centro o de la derecha cuestionando dichas alianzas estratégicas, todo porque no suponen un riesgo para la hegemonía estadounidense, que posee el relato del statu quo occidental.

Resulta evidente que la política exterior estadounidense mantiene relaciones estrechas con esos gobiernos porque los percibe como pilares de estabilidad regional o contrapesos geoestratégicos, no por su carácter democrático.

La neutralidad política parece ser una característica de quienes prefieren mantenerse al margen de situaciones delicadas porque sienten miedo de verse radicales. Pero ¿acaso estar en contra de un genocidio es ser radical? Son quienes quieren sentirse con la superioridad moral de no posicionarse los que legitiman el abuso de poder de los poderosos, mientras posan de bienpensantes y mesurados.

La neutralidad frente a un genocidio genera en muchos votantes, incluyéndome, una desconfianza total para apoyar a un candidato presidencial que sea incapaz de rechazar, sin matices, el genocidio en Palestina. Porque no nos digamos mentiras: “no tomar postura” también es una postura clara, estar del lado del más fuerte y abandonar al indefenso. Y me parece preocupante, por decir poco, que personas que aspiren a un cargo presidencial no sean capaces de ser objetivas frente a los crímenes genocidas perpetrados por Israel contra el pueblo palestino. En este punto, ya uno no sabe si es por ignorancia o por mera frialdad.

En casos tan estremecedores como el de Palestina, me atrevo a decir que tomar una posición neutral, o directamente negacionista, es profundamente inmoral.

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